La pandemia del humor.

Autor invitado: Damián Fraticelli

Profesor e investigador de la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Nacional de las Artes, Damián Fraticellli se suma a esta serie de reflexiones desde su área específica de investigación: el humor. Damián es autor del libro El ocaso triunfal de los programas cómicos. De Viendo a Biondi a Peter Capusotto y sus videos.

A lo largo de la evolución, los seres humanos desarrollamos un sistema inmunológico que nos permite sobrevivir al ataque de virus y bacterias. Sin un tratamiento ni una vacuna en el horizonte cercano, el buen funcionamiento de ese sistema es clave para que superemos al coronavirus. Pero no es la única defensa natural que desarrollamos, también contamos con el humor.

Hace unas semanas, en este mismo espacio, Lucrecia Escudero Chauvel comentaba una práctica de su cotidianidad que seguramente compartimos: recibir memes, videos cómicos y chistes sobre la pandemia. Este fenómeno que parece menor ante los graves problemas que nos presenta el COVID-19 es, sin embargo, una propiedad ineludible de nuestra contemporaneidad.

No existe tema que no sea blanco del humor y pocas formas de comunicación se propagan tan exitosamente como él. Los tuits más compartidos suelen ser chistes, aún en debates serios como la Ley de la interrupción voluntaria del embarazo o la crisis entre Estados Unidos e Irán. Corremos poco riesgo si afirmamos que nos encontramos en la era de mayor producción risible mediatizada de la historia.

Con la constitución de las sociedades hipermediatizadas, se ha instalado un dispositivo, que llamaremos Humor Hipermediático, que genera continuamente interpretantes que enmarcan lo social en los inestables juegos polisémicos de lo reidero. La mayor parte de la bibliografía coincide en que lo reidero establece una distancia afectiva con respecto de su blanco. Distancia que no debe entenderse como ausencia de sentimientos sino de aplacamiento de sus lógicas serias. Nadie puede reírse de quien le erró a una silla al sentarse si piensa que se lastimó. En el instante de la risa, esa preocupación desaparece. Ese instante de placer es el que ofrece como una disponibilidad permanente el Humor Hipermediático.

Entre sus características se encuentra que lo risible mediatizado ya no es exclusividad de los medios masivos sino que también lo producen individuos y colectivos hipermediatizados. Esta multiplicación de enunciadores es acompañada por una imposibilidad de regulación institucional porque, aun cuando lo intentan, las plataformas no logran imponer ningún “manual de estilo” ni son eficaces sus censuras.

Este escenario, sin precedentes, ha traído numerosas novedades a la historia de la mediatización reidera. Una de las más notables es que lo risible vuelve a ser indisciplinado. Durante el proceso civilizatorio europeo, lo reidero fue domesticado. Las instituciones expulsaron los géneros, temas y estilos ofensivos, y lo mismo hicieron, luego, los medios masivos de comunicación.

Hoy en día, lo reidero desterrado de la mediatización se propaga con la hipermediatización. Ejemplo de ello es el humor negro con el que las redes están procesando los avances de la pandemia: cuentas de Twitter con el nombre “Coronavirus” que ríen de las muertes, memes que se alegran con el contagio de Boris Johnson y esperan el de Trump, videos cómicos que tienen al virus como protagonista, etc., etc., etc.

Si bien los procedimientos del humor negro pueden rastrearse hasta la antigüedad, su expansión aparece ligada a la prensa sensacionalista. A fines del XIX y principios del XX sus periódicos rebosantes de accidentes y asesinatos fueron contemporáneos con la popularidad que adquirió el género en aquella época.

Algunos investigadores sostienen que la experiencia cotidiana de contactarse con ese tipo de noticias propició la distancia afectiva necesaria sobre la muerte como para propulsar el placer del género en la literatura, el teatro, el cómic, etc. Esa tesis también la emplean en la explicación del origen de lo que los anglosajones llaman disaster humor, un subgénero del humor negro basado en hechos reales. Un caso frecuentemente citado es el de los chistes sobre la explosión del transbordador espacial Challenger en el que murieron sus siete tripulantes en 1986. Según los investigadores, fue la saturación del tema en los medios lo que provocó que 17 días después se hiciera popular el chiste: “¿Cuál es la bebida preferida de la NASA? Seven up”.

Más allá de que la tesis sea cierta o no, una pregunta interesante que se plantea esa línea de trabajo es ¿cuándo puede bromearse con una tragedia? Una anécdota conocida al respecto, es la del standupero Gilbert Gottfried que, una semana luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001, hizo el siguiente chiste en uno de sus shows: “Esta noche tengo que volar a Los Ángeles. Como no he podido conseguir un vuelo directo, haré escala en el Empire State”. Luego de un sepulcral silencio, el público comenzó a abuchearlo gritándole que era demasiado pronto para reírse de aquello. A lo que Gilbert respondió contando el obsceno chiste Los aristócratas, que luego dio lugar a un filme con el mismo nombre.

La fórmula de Mark Twain en la que el humor es igual a tragedia más tiempo no pareciera tener asidero en el Humor Hipermediático. En él, lo risible se genera sincronizado con la actualidad por más trágica que ella sea. Y aunque siempre existan detractores, las cuentas de las redes suelen conformar colectivos con afinidades estilísticas en donde los chistes, aún inmorales, encuentran buena recepción.

Ahora bien, esto no implica que, una vez que surge una tragedia, el humor negro se presente sin variaciones. La producción risible de la pandemia nos permite advertir cambios que dan cuenta de cuál es la percepción de la población sobre la enfermedad.

En Argentina, antes de la llegada del COVID-19, el humor negro fue más cómico que humorístico. Lo que prevaleció fue la burla. Tanto amateurs como profesionales se rieron fundamentalmente de los chinos por contraer la enfermedad, por sus costumbres y sus muertos.

La burla es impiadosa. Sobre el blanco ridiculizado se establece una relación de superioridad en el que no existe espacio para la identificación. Podríamos denunciarla moralmente, pero desde un punto de vista sociológico, se trata de un operador constitutivo de la identidad colectiva. Burlarse de un blanco exterior al colectivo afianza la cohesión entre sus miembros.

 

Con el arribo del virus al país, el aumento de enfermos y la cuarentena, el humor negro se transformó. Dejó de predominar lo cómico expandiéndose lo humorístico y, en especial, lo humorístico patibulario; aquel humor de quien se encuentra al borde la muerte y, aun así, logra reírse de su situación.

En El chiste y su relación con el inconsciente, Freud utiliza ese género para explicar cómo opera el humor: a un condenado a muerte le avisan que será ejecutado un lunes y el condenado responde “¡Qué buena manera de empezar la semana!”. ¿Cómo alguien puede hacer un chiste en una situación desesperante? Mediante un desdoblamiento del yo. El sujeto toma distancia de la situación penosa que lo aqueja para reírse de sí mismo en ella.

Ese mecanismo de defensa llevado a la mediatización implica una identificación entre quien hace la broma, quien se ríe con ella y el blanco de la ridiculización. Si lo cómico era reírse del otro, el humor es reírse de nosotros mismos, porque ahora sí, por mal que le pese al ego argentino, somos una víctima más de la pandemia.

Esta expansión del humor ante lo cómico es un escenario inédito para el Humor Hipermediático, porque hasta hace poco, lo habitual era lo contario. La sátira política, los chistes cómicos, las burlas, el ciberbulling y lo cómico por accidente o de situación eran los géneros que más se propagaban en la red. Tal vez porque no implican las ironías que requiere el humor, que siempre demandan remitirse a una enunciación particular para poder interpretarlas, o porque los integrantes de los colectivos de las redes reafirman sus lazos riéndose de un otro.

Sea la razón que sea, estamos viviendo un momento particular en el que parece desplegarse globalmente la defensa del humor. El COVID-19 se nos figura como nuestro verdugo. Él está haciendo tambalear uno de los estandartes que ha venido sosteniendo occidente desde la modernidad: la superioridad del hombre sobre la naturaleza. Pero no hay que perder las esperanzas, porque el COVID-19 podrá quitarnos el pan, la salud y el trabajo, pero no podrá quitarnos el miedo de morir. Y mientras éste exista, tendremos algo de qué reír.

2 Comments

Add yours →

  1. ¡Qué excelentes invitados! Felicitaciones.

  2. Úrsula Albo Cos abril 27, 2020 — 5:10 pm

    Es un texto muy interesante. Considero que el humor hipermediatizado nos muestra a través de evidencias concretas su vínculo con las distintas morales que puede haber en una misma sociedad, así como con las distancias que existen de identidad más que físicas, en un mundo hiperconectado como el actual.
    ¡Excelente perspectiva!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: