Sarmiento y Alfonsín, vidas argentinas hasta el fin.

Lecturas cruzadas

Desde el siglo XV las imprentas vomitan miles de libros, pero la lectura sigue siendo un proceso individual y solitario. Como diría Umberto Eco, los procesos de interpretación activan viejos “guiones” guardados en nuestra enciclopedia mental privada; por otra parte, las lecturas simultáneas o secuenciales de cada lector contribuyen a generar efectos de sentido inesperados. Los neurotransmisores se liberan y las sinapsis son inevitables. No es lo mismo leer El Quijote de un tirón que intercalar su lectura con, por ejemplo, un par de temporadas de Breaking Bad.

Semáforos

Estuve en Argentina la segunda quincena de diciembre. La situación social, lo saben hasta en Bangladesh, está que arde. Todo apuntaba a que sería un fin de año caliente, incluso se hablaba de saqueos, movilizaciones y destrozos; por suerte, me tocó vivir una fiesta en las calles, un orgasmo popular de alegría que copó los parques y autopistas y volteó un par de semáforos. La otra Argentina sigue ahí, solo que la olla a presión bajó un par de pascales y quizás aguante hasta la próxima crisis dentro de la crisis. Mientras tanto, esperamos que el psicoanálisis, la sociología o la teología nos expliquen ese deseo tan argentino de treparse a todo objeto vertical que emerja en la vía pública.

Homo argentinus

“Nos une, supuestamente, el nombre de un país y una bandera, pero hay tantas interpretaciones diferentes sobre lo que ese nombre y esa bandera significan que es difícil decir que nos reúnen. Y entonces sí, volví a pensar aquello: como no hay argentinos no hay Argentina, y viceversa. Y que, entonces, si quería ser presidente de la Argentina, tenía que crear esa Argentina” (Sarmiento).

Lecturas

En el vuelo de ida terminé El fin del «Homo sovieticus» de Svetlana Aleksiévich e inmediatamente me sumergí en el primer libro que compré en Buenos Aires: El planisferio invertido de Pablo Gerchunoff, una biografía de Raúl Alfonsín que sumada al Diario de una temporada en el quinto piso de Juan Carlos Torre y a películas como Argentina 1985 forma parte de una especie de revisitación, más que de revival, de la década de 1980. Apenas acabé las 460 páginas de la biografía de Alfonsín salté a una ficción pseudoautobiográfica escrita por Martín Caparrós: Sarmiento. Las conexiones entre ambos libros (o sea, las conexiones entre Domingo Faustino Sarmiento y Raúl Ricardo Alfonsín) son evidentes: incluso en alguna entrevista Caparrós mencionó al expresidente a la hora de pensar en posibles líderes sarmientinos contemporáneos.

País

“Me pesaba ser presidente de un país que no existía” (Sarmiento).

Alfonsín

El planisferio invertido nos cuenta la vida de un dirigente nacido en Chascomús, uno de esos pueblos agroganaderos glorificados por Sarmiento en el siglo XIX. Embebido de una lógica republicana y social, Alfonsín siempre tuvo al peronismo en la mira y toda su carrera política puede ser vista como el recorrido de un héroe destinado a vencer electoralmente a la hidra de quichicientas cabezas (“al peronismo no había que proscribirlo ni cooptarlo, había que derrotarlo”). Como en una de las fábulas de Vladimir Propp, el viaje del héroe de Chascomús a la Casa Rosada estuvo sembrado de oponentes y pruebas que debió superar ayudado por un puñado de correligionarios. Contra todas las previsiones, salvo las suyas, Alfonsín derrotó al peronismo en las elecciones del 30 de octubre de 1983 después de una campaña electoral que perdurará en los manuales de comunicación política. 

Futuro

“Yo, entonces, era el futuro: parece un chiste viejo” (Sarmiento).

Triángulo

Según Gerchunoff, Alfonsín tuvo que lidiar con tres frentes: el militar, el sindical y el financiero. Ante la confusión peronista, la oposición social la asumió el sindicalismo (trece grandes huelgas trece) mientras que la confrontación política más dura estuvo a cargo de los militares atemorizados por la extensión de los juicios por violaciones a los derechos humanos más allá de los jerarcas de la dictadura. Muchos de los ambiciosos proyectos de este “maestro en el arte político de construir verosimilitud”, desde la democratización de los sindicatos hasta el traslado de la capital a Viedma y la fundación de la Segunda República, se licuaron como lágrimas en la lluvia ante los planteos militares, la inflación galopante y el peso de la deuda externa.

Capital

“Sigo pensando que la fundación de una capital argentina fuera de Buenos Aires -y, al mismo tiempo, fuera del interior-, una isla en el río, defendida y comunicada por las aguas del Paraná podría solucionar tantos problemas, tantos años de guerra entre la capital y las provincias, pero sería un esfuerzo que todavía no estamos en condiciones de enfrentar” (Sarmiento).

Alfonsinoca

A mediados de los años ochenta la esfera política estaba más que agitada y Alfonsín, si bien era reconocido como presidente constitucional, aparecía como uno de los blancos preferidos de la militancia política opositora. En la Universidad Nacional de Rosario por entonces circulaba un juego de mesa, la “Alfonsinoca”, que ponía en evidencia las limitaciones de las políticas implementadas por el líder de la UCR. En las radios sonaba fuerte «Barrio Chino«, un tema del grupo Alphonso S’Entrega.

Fuerza

“Sobreestimé la fuerza de un gobierno: los argentinos somos lo que somos y necesitaremos muchos años para dejar de serlo” (Sarmiento).

Medios (I)

El libro de Gerchunoff es una lectura deliciosa para cualquier persona interesada en la vida de Raúl Alfonsín, la transición democrática o la construcción del poder en Argentina. Me sorprendió que el plebiscito sobre el Tratado de Paz y Amistad con Chile (25 de noviembre de 1985) apenas se mencione dos veces en todo el libro. Creo que además de ser una jugada magistral de Alfonsín -con un doble movimiento volvió a evidenciar la debilidad electoral del peronismo al mismo tiempo que cerraba el conflicto con Chile-, instaló una semilla que lamentablemente no prosperó: los debates políticos televisados. En esa ocasión el canciller Dante Caputo se enfrentó al senador peronista Vicente Saadi en un duelo catódico que generó gran expectativa. Como otras iniciativas del alfonisinismo, este formato televisivo fue boicoteado por el candidato Carlos Saúl Menem en la campaña de 1989 (el caso de la famosa “silla vacía”) y prácticamente extirpado de la cultura política nacional. Ya ni hablemos de organizar una rueda de prensa. En Argentina el discurso presidencial tiende a ser un monólogo que se enuncia sin interrupciones en una serie más o menos continua de sesiones a lo largo de seis años.

Fracaso

Las fábulas de Propp a menudo tenían un final feliz donde el héroe vencía al dragón y rescataba a la princesa para devolvérsela al rey-padre. Pero a veces su destino era trágico. En la página 227 escribe Gerchunoff: “Alfonsín quedó doblemente jaqueado por los sindicalistas y por los financistas. Así viviría su gobierno. Crisis de la deuda en una democracia naciente que buscaba satisfacer las aspiraciones sociales sin instrumentos. Eso era la cuadratura del círculo”. En la visión alfonisinista la democracia era el instrumento mágico que permitiría curar todos los males de la Argentina (“con democracia se come, se cura y se educa” repetía en la campaña, una frase que hubiera firmado Sarmiento con algún cambio en el orden de los factores), pero la terca realidad le demostró que esa herramienta no era mágica ni suficiente.

Medios (II)

Cuenta Gerchunoff que en 1991 Raúl Alfonsín viajó a Washington invitado por el Wilson Center y se encerró dos meses a trabajar “en un libro sobre el papel de los medios de comunicación en las sociedades modernas”. El expresidente acumuló miles de fotocopias tomadas en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos antes de regresar a Buenos Aires, pero nunca terminaría el libro. Resulta interesante imaginar cuál podría haber sido el aporte de Alfonsín al debate comunicacional. Comparada con la actualidad, la mediasfera de los años 1980 todavía mantenía una cierta autonomía respecto a la esfera política; por ejemplo, las fronteras entre los “diarios” y la “prensa de partido” estaban todavía bastante definidas. Por otra parte, el debate intelectual de esa década se encontraba a años luz del panelismo gritón y prepotente que hoy exhiben las pantallas argentinas.

Emergencias

Podemos hacerle a Sarmiento las mismas preguntas que a Alfonsín: ¿no quiso, no pudo, no supo o todo junto? Escribe Gerchunoff que “la emergencia permanente nubla la razón”. Gobernar es apagar incendios. Sarmiento tuvo su particular triángulo: la guerra en Paraguay, la fiebre amarilla en Buenos Aires y los caudillos federales siempre dispuestos a levantar al paisanaje para asediar la capital. También Alfonsín tuvo que lidiar con las fuerzas agrarias, pero en su caso no eran esos desarrapados gauchos liderados por el caudillo de turno sino la más selecta oligarquía vacuna que lo cuestionó públicamente en la Sociedad Rural. Tanto Sarmiento como Alfonsín encarnaron sendas versiones de la Modernidad, una que no dudaba en fusilar ni “ahorrar sangre de gauchos”, otra fundada en el diálogo y la tolerancia.

Carriles

“La combinación de inexorabilidad del cambio y rechazo al cambio hizo que Alfonsín recorriera ese camino por un carril medio y zigzagueante entre la vía rápida que reclamaban aquellos que demandaban las transformaciones drásticas de los que no querían moverse del proteccionismo y el estatismo, las gruesas herramientas que no pocos dirigentes de los dos grandes partidos tradicionales y mayoritarios percibían como condiciones ineludibles para sostener esa sociedad vital que Alfonsín añoraba y que estaba quedando en el pasado” (El planisferio invertido).

Barco a flote

Hace 50 años Osvaldo Bayer escribió lo que sigue en el primer tomo de Los vengadores de la Patagonia trágica: “el radicalismo es una interpretación muy argentina de los hechos. Navegar entre dos aguas es difícil pero compromete menos y, si bien no se arriba a puerto enseguida, por lo menos sirve para mantener el buque a flote el mayor tiempo posible”.

El día después

Animal político hasta el final, Alfonsín nunca se resignó a abandonar la lucha: “Él no podía y no quería imponerle a su mente el vacío político”, escribe Gerchunoff. Pero la agenda menemista (indulto, economía popular de mercado, convertibilidad, privatizaciones a mansalva) proponían un escenario de confrontación muy diferente al que dominaba el hombre de Chascomús. Alfonsín no se sentía cómodo “en el rol de padre fundador de una democracia civil que no había alcanzado a ser al mismo tiempo una democracia social. No quería aceptar el rol de prócer republicano. Eso no era él. O eso no quería ser él, aunque finalmente terminaría siéndolo”. Su último servicio a la nación, según Gerchunoff, fue arrancarle a Carlos Menem una serie de concesiones civiles y sociales a cambio de la reelección durante la negociación de la reforma constitucional de 1994. La actualización de la Carta Magna fue en gran parte mérito del viejo líder radical.

Poder

“Alfonsín quería más poder para el Parlamento, esas cosas de los radicales. Menem quería más poder para el poder. No sé si me explico” (Luis Barrionuevo, sindicalista).

Ser presidente

“Ser presidente es una de esas extrañas cosas que conocen, desde el principio, su final: uno nunca sabe cuánto podrá durar un viaje, cuánto un amor, cuánto una enfermedad, pero el feliz desdichado al que sus compatriotas eligen para presidente sabe que, si un dios no lo remedia, dejará de serlo justo seis años después. Lo que no sabe es cuánto durarán esos años” (Sarmiento).

Contrafactual

Un capítulo de El planisferio invertido se aleja de la biografía para proponer una hipótesis: ¿qué hubiera pasado si, en vez del neopopulismo liberal de Carlos Menem, hubiera sucedido a Alfonsín el peronismo alfonsinizado de Antonio Cafiero? Según Gerchunoff “Alfonsín-Cafiero fue una de las Argentinas que no fue. Abortó una posible coalición centrista, popular y reformista que se hiciera cargo de confirmar la democracia y administrar la economía en medio de la crisis de la deuda”. Pero el vendaval menemista arrasó con todo.

Derrotas

“El poder es saber soportar, una vez y otra vez, esas derrotas” (Sarmiento).

One-shot

Tanto Alfonsín como Sarmiento sabían que tenían seis años para dejar su impronta en la historia. Al no haber reelección, la presidencia era un relato one-shot: lo que no se hacía en esos seis años, o mejor, en los primeros doce o veinticuatro meses, quedaría para siempre en el cajón de los recuerdos y no entraría a formar parte de la gran novela histórica.

Entender

“Hay tantas de esas cosas que recién ahora entiendo; ahora, cuando entender ya no me sirve” (Sarmiento).

Afinidades

Si bien un siglo separa a Sarmiento de Alfonsín, no cuesta mucho encontrar afinidades entre ambos personajes. Ninguno de los dos provenía de familias con apellidos rimbombantes y fueron, cada uno a su manera, un self-made political man. Quizás el solapamiento más grande se ubica en su espíritu reformador y modernista, ese deseo de rediseñar a la Argentina: Sarmiento con un ojo puesto en los Estados Unidos, Alfonsín cada vez más volcado a la socialdemocracia europea. Ambos, al mismo tiempo, fracasaron en sus tremendas ambiciones reformistas pero sin duda dejaron algo, más allá de su rostro en los billetes o sellos postales.

Progreso

“El telar de mi madre, lo sé, lo siento, no podrá competir con esas máquinas de Manchester” (Sarmiento).

F(r)icciones

Al principio diferencié entre la biografía de Alfonsín escrita por Gerchunoff y la ficción sarmientina de Caparrós. ¿Es posible mantener esa distancia tan marcada entre dos géneros? ¿Hasta dónde una biografía no está impregnada de ficción? ¿Es imaginable una ficción que no incluya componentes (auto)biográficos? Cuando Gerchunoff se pregunta qué habría pasado si Antonio Cafiero, en vez de Carlos Menem, hubiera sido el presidente de la Argentina entre 1989-1995, no hace otra cosa que pisar el acelerador narrativo y construir a todos los efectos un mundo posible de ficción. Caparrós, que se mueve como un pez en esa zona híbrida donde el agua dulce se mezcla con el mar, despliega una ficción que se alimenta de textos firmados por Sarmiento y sus contemporáneos. Además, inventa una voz narrativa que le permite hablar en primera persona como si fuera Sarmiento pero sin ser Sarmiento.

Siglo XX

Parafraseando a Ricardo Piglia (“Borges fue el último escritor argentino del siglo XIX”), podríamos barajar la hipótesis de que Carlos Menem y Raúl Alfonsín fueron los últimos políticos del siglo XIX. Tuvo que venir un caudillo del fondo de la Argentina, con patillas exuberantes y tonada provinciana, para terminar de desmontar las ilusiones demoliberales alfonsinistas. Fin de siglo. A partir de ahí, la Argentina ha sido gobernada por dirigentes que ¿no saben? ¿no pueden? ¿no quieren? ¿todo junto? dejar atrás el siglo XX.

Mapas

“Ni el dibujo que muestran nuestros mapas es real. Dibujamos un país falso, que solo existe en esos mapas: en verdad ocupamos solo una parte de él, una mitad, rodeados de zanjas y fronteras que esos salvajes no respetan, líneas de fortificaciones que no alcanzan para ocultar nuestra debilidad – pero postulan que alguna vez el país será como en los mapas. Llegará, entonces, el momento de imaginarle nuevas ilusiones, falsedades nuevas, metas renovadas: sus fracasos futuros” (Sarmiento).

En eso estamos.

 

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One Comment

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  1. Patricia Nigro enero 2, 2023 — 5:38 pm

    Como vieja profesora de lengua española, afirmé en Twitter que cada vez escribís mejor. Tu contenido siempre es magnífico pero tu destreza en la redacción se ha vuelto más sutil y eficaz. Tal vez, se deba a escritura de La Gran Enciclopedia Argentina. Cito ejemplos de este post: «hasta la próxima crisis dentro de la crisis»; » ese deseo tan argentino de treparse a todo objeto vertical que emerja en la vía pública»; «Como en una de las fábulas de Vladimir Propp, el viaje del héroe de Chascomús»; «trece grandes huelgas trece», «la presidencia era un relato one-shot»; «como un pez en esa zona híbrida donde el agua dulce se mezcla con el mar»; etc. Gracias por el post. Un buen título para un libro, me salió.

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