Membrana.

En este blog solo muy de vez en cuando se reseñan obras de ficción. Lo hago solo cuando encuentro textos que, desde lo ficcional, nos permiten vislumbrar nuevos escenarios sociotecnológicos. Es así que alguna vez escribí sobre las “ficciones metasemióticas” que ponen el lenguaje al centro de su reflexión, o sobre la “ficción claustrofóbica” durante los primeros meses de pandemia; en 2015 reseñé una ficción de J. Carrión, Los Huérfanos, el segundo volumen de la trilogía que no es trilogía (por ahí anda circulando un cuarto libro) que comenzó con Los Muertos y siguió con Los Turistas. Lo que más me encantó de esa distopía ambientada en un búnker fue la progresiva desaparición de las redes digitales (y, por lo tanto, de la memoria), un proceso paralelo a la desintegración de la sociedad que las había diseñado y creado. Si bien Membrana transcurre en otro mundo narrativo, la última ficción de J.C., puede ser leída como el complemento especular de Los Huérfanos: si ahí el mundo se disolvía en un espacio cerrado y asfixiante bajo tierra, aquí la consumación de la humanidad transcurre fuera del búnker, en las redes que todo lo dominan.

Membrana no es una novela: es un catálogo de una exposición del siglo XXI.

Membrana no fue escrita por un autor o autora: la escribió una Inteligencia Artificial (IA).

Membrana no es una ficción normal: es rara.

Rarezas

Membrana es rara porque sin mayores preámbulos nos mete de lleno en una lista (todo catálogo es una lista) donde se describe una acumulación de objetos del siglo XXI que incluye piezas anteriores (no se puede explicar el siglo XXI si no partimos de los orígenes del Homo sapiens). La novela está ahí dentro, en los cientos de objetos que nos cuentan el pasaje del antiguo teocentrismo al moderno antropocentrismo, y de ahí al códigocentrismo.

Membrana es rara porque no sé dónde ponerla en mi biblioteca. Podría estar junto a Exhalación de Ted Chiang o entre los volúmenes blancos de Caja Negra. Por momentos este catálogo del futuro dialoga con la Teoría General de la Basura de Agustín Fernández Mallo (“Todos se apropian de todo, qué es la cultura sino un robo incesante y necesario”) o con Programados para crear de Marcus du Sautoy (“Abuela de todas las abuelas nuestras, traductora eminente, diosa tan humana, en este Museo te recordaremos y te reivindicamos y te adoramos y punto: casi madre, Ada Lovelace“). Por las páginas de Membrana se asoma también la sombra de los escritores preferidos del autor (me refiero a J.C., no a su I.A., ya hablaremos de Ella), por ejemplo ese Ben Grossman que atraviesa el Sinaí en un Toyota Survivor que terminará dentro del museo. Y, cómo no mencionarlas, las redes conversacionales sobre plantas, algoritmos y hongos que se establecieron en las dos temporadas del podcast Solaris. Ahora que lo pienso, Membrana podría estar junto a los DVD de Black Mirror y 2001. A Space Oddisey. O entre mis Las Leyes de la Interfaz y Media Evolution.

Membrana es rara porque este catálogo/novela (¿novélago? ¿catávela?) está escrito por una I.A., y recalco de lo “una”: es una voz femenina la que nos cuenta en primera persona del plural el pasado que se nos viene encima. En otras palabras, ellas han triunfado y, como corresponde, la historia la escriben las que ganan. Esta narradora es uno de los grandes hallazgos de Membrana. Me costó ponerle voz mientras la leía. Obviamente, no era el gruñido mecánico de los viejos robots de los años cincuenta del siglo pasado, pero tampoco era la voz melosa de Scarlett Johansson en Her (Spike Jonze, 2013). Es una voz implacable, agobiante, que se impone a partir de una racionalidad sin fisuras y no pierde la oportunidad de distanciarse de la humanidad (“esa suma de convergencias, de extinciones”) y de los humanos, seres capaces de las más absurdas masacres (“los machetazos se confundieron rápidamente con los me gusta”). Imaginen a una Hal 9000 femenina. O algo parecido.

Membrana es rara porque la I.A. crea su propio registro discursivo:

Perdón por el estilo, por los estilos: cómo contar lo que contar debemos. Cómo narrar lo que por naturaleza habita en las elipsis. Cómo contar la pureza de sangre, la letra escarlata, la estrella amarilla, nosotras nos entendemos. Cómo contar las tantas sombras.

Tremendo. Ciertas recurrencias nos develan que hay un mecanismo oculto, una máquina algorítmica que, como cualquier narrador(a) que se precie de tal, está buscando su propia voz: punto.

Más allá de la literatura

Estoy convencido de que en muchos casos el arte ofrece claves de lectura mucho más afinadas y ricas que las interpretaciones generadas en las ciencias sociales, las humanidades o incluso la filosofía. Hasta ahora, una de las obras artísticas que más me había inspirado a la hora de pensar la evolución tecnológica era Transpermia de Marcel·lí Antúnez, una performance biomecánica que imaginaba el futuro de las interfaces (ver vídeo). Membrana transmite en la misma frecuencia de onda. Lo que Antúnez construye a golpe de gestos, sonidos sampleados y lisérgicas imágenes, J.C. lo hace con exquisitez a través de las palabras.

Membrana nos presenta un futuro posible en sintonía con los tiempos que nos toca vivir. Las distopías estaban en circulación antes de la COVID19 y no me extrañaría que se multiplicaran en los próximos años. Aunque Membrana es literatura prepandémica (fue escrita “a principios de 2019 y la actualicé y corregí hasta agosto de 2021. Por eso aparece la pandemia”, me confirma J.C. vía redes algorítmicas mientras escribo esta entrada), se posiciona en el territorio de la ciencia ficción postpandémica con voz y planteos propios. El futuro de Membrana es mucho más dramático y desalentador que el fascismo falocéntrico de El cuento de la criada o las lentillas inteligentes de Black Mirror. Nosotras nos entendemos.

Cuenta la leyenda que cuando una delegación china visitó Silicon Valley se sorprendió al saber que buena parte de los ingenieros, como los nerds de Big Bang Theory, eran grandes lectores de ciencia ficción. No debería llamarnos la atención la actual apuesta de China por generar una ciencia ficción utópica y nacional donde los científicos locales salvan el planeta: la ciencia ficción es un potente modelador de futuros. Por otro lado, a veces me sorprende la ingenuidad de los “pentiti digitali”, esos ingenieros que, después de trabajar varios años en Facebook, Amazon o Google, descubrieron que esas corporaciones manipulan datos y son engendros interesados solo en incrementar sus ganancias. ¿Qué ciencia ficción leyeron? En breve: yo recomendaría la lectura de Membrana en las carreras de ingeniería. Es una de las armas que tenemos para evitar que se convierta en una profecía autocumplida: punto.

No comulgo con los apocalipticismos tecnológicos (podemos negociar los ecológicos), pero no debemos olvidarlo: It’s only literature, but I like it.

Bonus track

Las imágenes de esta entrada provienen de las obras de Tomás Saraceno, el artista de las redes que ilustra la portada de Membrana.

2 Comments

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  1. Edmundo Szterenlicht octubre 11, 2021 — 3:21 pm

    Quise leer la entrada sobre Membrana pero la respuesta es It seems like you have tried to open a page that doesn’t exist. It may have been deleted, moved, or it never existed at all. Maybe try a search?

  2. Alucinante. El subjuntivo de las certezas. El futuro riendo de nosotros y ya no quiere la voz en off. Exploración pendiente.

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