Una pandemia en postbroadcasting.

Autor Invitado: José Luis Fernández

Seguimos sumando interlocutores a esta serie de reflexiones que he abierto en Hipermediaciones. En esta ocasión es José Luis Fernández (UBA – UNTREF) quien nos aporta su visión de la pandamia en clave mediática. En este texto retoma algunos conceptos trabajados en sus dos últimos libros  –Plataformas mediáticas y Postbroadcasting–  y los confronta con la realidad mediático-discursiva de estos días.

Tal vez desde el fondo de los tiempos mundializados, las pestes distribuyeron sus infecciones en red y, por siglos, su conocimiento también se distribuyó con ese formato.

Desde al menos fines del siglo XIX, las pestes fueron reconocidas como tales en la sociedad, mediante el broadcasting: relativamente pocos y localizados emisores construyen una actualidad de alcance masivo, mediante eventos diseñados y distribuidos para muchos receptores.

Nunca ha podido probarse que lo de diseñar y distribuir responda a algún plan-complot para instalar un tema, más allá de que existen intereses para hacerlo y de que hay un sector de la población que gusta explicar de la marcha del mundo mediante procesos conspiranoides.

Imposible abordar en su complejidad, brevemente, un fenómeno de la magnitud de la pandemia del Coronavirus COVID-19, sí nos puede servir el introducir observaciones acerca de cómo conviven -en la actualidad y en lo comunicacional- los dos grandes ecosistemas de intercambio discursivo mediático: el masivo (broadcasting) y el reticular (networking).

Para el sector de la población que gusta de estar informado, el caso Coronavirus surge como epidemia en una ciudad –Wuhan, en China—en donde se registra el primer foco infeccioso, que es recogido con extrañeza y alarma por los grandes medios; luego la OMS, un organismo global, certifica su gravedad y finalmente es ella la que la convierte en pandemia y los grandes medios completan la importancia de la noticia convirtiéndola en tendencia que modelizará la actualidad.

Así descripto, estamos frente a un típico producto/tendencia en broadcasting informativo: el constructor de nuestra/s actualidad/es, consolidado durante el siglo XX, está constituido por diferentes dispositivos técnicos, costumbres genérico-estilísticas y accesos y usos diferenciados hacia y desde lo informativo.

Una pandemia es un fenómeno que atraviesa y preocupa a todo sector de la sociedad que registra y, por ello, parece que disolviera los diferentes intereses informativos de cada sector de la sociedad global, pero también local.

La diversidad informativa ha sido poco tenida en cuenta, porque lo informativo fue hegemonizado por lo periodístico, como sistema profesional, y este último, lo está por lo político-social-económico. Por eso los grandes medios del siglo XX siempre les dieron un lugar central a esas áreas. La discusión actual sobre la crisis informativa y la supuesta posverdad están muy influenciadas por ese punto de partida.

La investigación sobre audiencias, en cambio, ha mostrado que se necesita y se busca información para muy diversos objetivos y usos: para saber en qué anda el mundo en que se habita; para tomar decisiones, de negocios sí, pero también sobre adónde vacacionar; qué músicas o alimentos están de moda o cómo hay que vestirse para ir a un cierto tipo de evento.

En el despliegue mediático de la actual pandemia, el broadcasting funcionó. En términos generales, solo después de esa primera instalación masiva, las plataformas mediáticas comenzaron a tejer la trama que, todos aceptamos, constituye a la información en la época. Utilizaron para ello sus diversos tipos de intercambios discursivos y la estructuración de sus redes.

¿Algunas veces estos fenómenos comienzan en plataformas y no en medios masivos? Sí, puede ocurrir; a ese primer momento lo podríamos llamar efecto Wuhan, como en otro tiempo pudimos hablar del efecto Three Mille Island por el evento nuclear que dio origen al Construir el acontecimiento de Eliseo Verón. Diría Scolari, entre ambos eventos (por otra parte, muy diversos entre sí), hay diferentes interfaces y ecosistemas puestos en juego.

Mientras con Three Mille Island lo que Verón describe es el funcionamiento -hoy diríamos en plataforma- de los diferentes medios masivos, la presencia de las plataformas de redes en la actualidad es constante. Cabe observar que buena parte de la fuerza del networking proviene de la recuperación que los medios masivos hacen de las plataformas en red: fake news, memes junto con noticias y denuncias válidas circulan entre lo masivo y las redes, muchas veces de modo intersticial, pero con efectos laterales que se recuperan en el mainstream.

A ese juego entre sistemas lo denominamos como postbroadcasting: un sistema que sostiene relaciones entre el broadcasting, que no termina de irse, y que tal vez no se vaya nunca, y las plataformas que no terminan o que -tal vez mejor- no pueden, ocupar ese espacio constructor de la aldea global mcluhiana.

La mediatización en postbroadcasting de la pandemia presenta dos constelaciones de intercambios mediáticos, que muestran las fuerzas y las debilidades de ese modelo híbrido que resulta tan importante en las mediatizaciones de la época.

Las fuerzas y la vigencia de lo masivo se dan en momentos como cuando, el 10 de marzo, Angela Merkel afirma “que hasta un 70% de alemanes podrían infectarse de coronavirus”, según recogen grandes medios el día siguiente. A partir de allí, la gravedad o no de la pandemia deja de discutirse. Trump, reticente hasta ese momento, se ve obligado a declarar el estado de emergencia pandémico el 13 de marzo. Desde ese punto de convergencia, se abre la discusión sobre los modelos para enfrentar a la pandemia: el del control a través de confinamientos masivos y el de la apuesta a no parar la economía y a confiar en la inmunidad en red.

Por supuesto que no podemos afirmar la causalidad directa entre la declaración de Merkel y la de Trump, pero no hay dudas de que se insertan mediáticamente en ese orden produciendo masividad. Por supuesto, podemos opinar sobre la eficacia de algunas de las estrategias epidemiológicas y sus resultados, por ejemplo, en ese espacio de interacción Merkel-Trump-otros, se organizan discusiones específicas que atraviesan mediatizaciones.

¿Cuál es la debilidad de este sistema de postbroadcasting? No está, en principio, en el propio sistema, sino en el modo en que se lo describe desde una modernidad, cuestionada, pero resistente.

Más arriba se describieron algunos aspectos de la construcción de la pandemia y sus respuestas sociales desde un punto de vista macro que Raymond Trousson, siguiendo a Cioranescu, denominaba como utopismo, una especie de actividad general del espíritu, constructora de espacios imaginados, aplicable, como tal, a las ciencias, la economía, el urbanismo, la política, la historia o la ciencia ficción. Es como que, en la descripción, Wuhan, la red pandémica, Merkel y Trump convivieran un espacio común frente a nuestra observación.

Sin embargo, al menos, desde el fracaso mixtópico (término de Oscar Traversa) de la primavera árabe sostenida desde las redes, que entusiasmó en el principio a Castells, el sistema metadiscursivo que ha servido para sostener la relación entre lo político, lo periodístico y lo científico no ha dejado de tener fracasos de pronósticos y sorpresas desagradables para sus cultores. Diría Traversa que el pasaje de lo utopista mediático a la vida social, esa combinatoria mixtópica entre propuestas y realizaciones, que siempre fue conflictiva, ahora resulta insostenible. (Un comentario lateral: habría que estudiar el fracaso de lo mixtópico y sus relaciones con lo distópico, tan sugerente, pero por ahora inoperante).

Ese fracaso del sistema metadiscursivo, que debería soportar y proteger al postbroadcasting, se observa en dos niveles completamente diferentes.

A nivel macro, el acuerdo general sobre la gravedad de la pandemia no impide que líderes considerados casi unánimemente con el mote descalificador de populistas de derecha, primero hayan llegado al poder y, luego, que resistieran políticas globales de confinamiento, promovidas por la OMS.

En un nivel micro y, por lo mismo, difícil de extrapolar fácilmente a diversas sociedades y culturas, está el fenómeno de esa especie de resistencia civil presentada de dos grandes modos: como desconfianza en los datos, o como rechazo a aceptar las órdenes, progresivamente más rigurosas, sobre el confinamiento.

Como se ve, aun en esa descripción superficial, tanto a nivel macro como a nivel micro, hay muchos rasgos fuera de control que hacen imposible prever el desarrollo de la pandemia y, menos aún, los resultados sin duda catastróficos de la postpandemia.

¿El único aprendizaje que se agrega al sistema que soportaba al broadcasting, es el de la aceptación de la incertidumbre? Mientras se insista con los enfoques macro monoexplicadores no habrá posibilidades de avanzar. Sin embargo, en la investigación de diversos sistemas de intercambio discursivo, se lo denomine como se lo denomine, el postbroadcasting está incluido: la clave no podrá residir solamente en los medios masivos, aunque tampoco se la encontrará exclusivamente en las plataformas y aplicaciones de las redes sociales. Habrá resultados en postbroadcasting.

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