Etiquetas

, , , ,

Una de las preguntas que me persigue desde hace un tiempo -y que volvió a plantearse en los debates del BookCamp Kosmópolis Barcelona 2010- es la siguiente: ¿Seremos capaces de leer un documento PDF o HMTL dentro de uno o dos siglos? La pregunta, realizada por una persona que se ocupa de “lo digital” desde hace casi 20 años, puede parecer fuera de lugar: es una pregunta típica de esos viejos bibliófilos que se resisten a ver cómo sus amados paquetes de celulosa impresa son reemplazados por otras especies digitales. Y sin embargo…

En julio 2010 el CCCBLab organizó un debate sobre El futuro de los archivos. Si bien no pude asistir personalmente, seguí los debates cómodamente desde mi casa por streaming y participé vía Twitter. La discusión de los panelistas terminó muy centrada en el presente de los archivos (o sea, se habló poco del futuro de los mismos). Dos coordenadas parecen marcar el trend en el mundo de la archivación contemporánea:  la digitalización y la apertura colaborativa (archivos 2.0).

Ambas mutaciones serían impensables sin la tecnología digital. El proceso de digitalización de los archivos permite traducirlos a un formato fácilmente manipulable, distribuible y consumible. No es lo mismo tener que viajar 5.000 km para consultar un papiro que tenerlo disponible en la web. Por otro lado, la tecnología digital permite insertar ese contenido en una red abierta y participativa donde los usuarios pueden dejar sus comentarios y eventualmente crear enlaces. Este era el sueño de Vannevar Bush y Ted Nelson: el gran hipertexto para la democratización del saber. Todo muy lindo, pero…

Viaje al pasado
Los invito a mi DeLorean. Hagamos juntos un salto de 8.000 años al pasado, cuando nació la escritura en la Mesopotamia Asiática. Como todos saben, los primeros textos escritos se grabaron sobre la superficie húmeda del barro. En estas tablillas se encierra buena parte de nuestro conocimiento de esas civilizaciones: archivos de Estado, contabilidades, transacciones comerciales y relatos populares sobrevivieron durante siglos en ese soporte. Los textos importantes de tipo religioso o legislativo -como el código de Hammurabi que se encuentra en el Louvre-, en cambio, se grababan sobre la piedra. Eran textos destinados a perdurar y apuntaban al futuro.

Algo similar sucedía en Egipto: la comunicación administrativa o familiar se registraba en papiros mientras que los textos importantes quedaban inmortalizados sobre la piedra. Sin embargo, la historia no sido tan prolija a la hora de asegurar la supervivencia de los textos: muchos textos destinados a perdurar, grabados sobre la dura piedra, fueron destruídos y no sabemos nada de ellos; por otra parte, muchos textos de uso cotidiano o administrativo sobrevivieron hasta nuestros días.

Moraleja:  lo que una sociedad elige como “texto importante” y trata de dejarlo a las futuras generaciones no siempre coincide con lo que realmente sobrevive al paso de la historia; lo mismo puede decirse de los textos de uso cotidiano, los cuales muchas veces terminan sobreviviendo cuando en realidad estaban destinados a una vida limitada.

Si les interesan estas historias textuales, los invito a leer Historia y poderes de los escrito de Henri-Jean Martin. Ahora si, podemos volver al DeLorean y a nuestros futuros.

Retorno al futuro
Nadie discute a estas alturas la importancia de los procesos de digitalización. Tampoco me parece mal que los archivos se digitalicen y se abran a las lógicas participativas. La democratización del saber así lo exige. Mis dudas se orientan hacia otro lado y se encuadran en una lógica temporal más extensa: ¿Seremos capaces de leer los formatos digitales dentro uno o dos siglos? Si el papiro o las tablillas de arcilla duraron milenios.. ¿Podremos decir lo mismo de nuestros amados PDFs y páginas en HTML?

Cada vez que salgo con estas preguntas nunca falta un programador o especialista en ciberculturas que me dice: “Lo que garantiza la supervivencia es que el formato sea open-source, en código abierto”. Este argumento es más frágil que un papiro dentro de una biblioteca que se incendia… Conceptos como “open-source” o “código abierto” tienen sentido hoy, a comienzos del siglo XXI, respecto a determinada tecnología. Si pensamos en términos de siglos o milenios, como hicimos en los párrafos anteriores, esta solución se desvanece rápidamente.

La NASA tiene problemas para leer los datos de la exploración espacial de los años 1960. Yo no puedo leer mis CDroms de los años 1990…

Alexander Stille ha publicado un interesante artículo titulado Are We Losing Our Memory? or The Museum of Obsolete Technology donde sostiene que..

“The beauty of digital technology is that it reduces everything to a series of zeroes and ones — a simple, seemingly universal mathematical language — but unless one has the software that gives meaning to those zeroes and ones, the data is meaningless. The problem of deciphering Egyptian hieroglyphs may look like child’s play compared with recovering all the information on the hundreds of major software programs that have been discarded during the astonishing transformations of the computer revolution”.

Vuelvo a mis preguntas: si hoy tenemos problemas para leer datos digitales de hace dos o tres décadas, qué pasará dentro de algunos siglos o milenios?  ¿Podemos confiarnos en sistemas de archivación que necesitan de una precisa combinación de software y hardware para poder acceder a sus datos? ¿No convendrá mantener sistemas archivación paralelos (analógicos y digitales)? Lo repito para que no queden dudas: no estoy contra la digitalización de archivos pero cada vez que pienso en el futuro de esos datos me asaltan los fantasmas del pasado.