La invención de los cuerpos.

De mi último viaje a México para asistir a TVMorfosis Guanajuato 2022 (aquí el panel donde participé) volví con solo un libro. Es extraño, suelo regresar cargado de volúmenes nuevos y más de una joya usada proveniente de calle Donceles en Ciudad de México. Sin embargo, en esta ocasión me limité a hojear algunos ejemplares en Gandhi hasta encontrar lo que no buscaba: La invención de los cuerpos de Pierre Ducrozet. Editada por Cantamares, una casa especializada en literatura francesa, La invención de los cuerpos me interesó ya desde el texto de la contraportada.

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«¿Cómo sería la novela del siglo xxi? ¿Qué la distinguiría de las novelas de los siglos anteriores?». A partir de este cuestionamiento, Pierre Ducrozet construye una novela sin centro, repleta de vínculos e hipertextos que replican el movimiento del mundo contemporáneo, al adoptar Internet como tema y forma. Así, el narrador sigue el itinerario de Álvaro, un joven profesor mexicano —sobreviviente de los trágicos acontecimientos de Iguala que culminaron con la desaparición de los cuarenta y tres normalistas la noche del 26 de septiembre de 2014—, hasta el Silicon Valley, donde su encuentro con los transhumanistas y los hackers de Anonymous lo confronta con nuevas formas de violencia. En una novela que equilibra suspenso narrativo y poesía, Ducrozet elabora “una historia de los cuerpos contemporáneos”, tan fragmentados y múltiples como el espacio virtual que los define —o deforma— y donde arraigan su deseo.

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La novela me gustó por su mix de personajes, historias y voluntad de mostrar el lado oscuro del Homo sapiens, una especie capaz de asesinar a sangre fría 43 estudiantes o utilizar los más desafiantes instrumentos digitales para la explotación y el enriquecimiento personal, pero sin dejar de reivindicar lo corporal y el amor como salidas revolucionarias a los delirios de grandeza de las tecnoélites. La novela comienza ahí, precisamente en Ayotzinapa, el lugar de la masacre, pero se despliega como un hipertexto siguiendo la vida de diferentes personajes, algunos de ellos reales, hasta confluir en un explosivo final.

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El mundo no tiene centro. El mundo es una red infinita de datos.

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Como si fuera la alfombra roja de un evento mundano en Silicon Valley, por las páginas de La invención de los cuerpos deambulan Mark Zuckerberg, Larry Page, Sergey Brin, Elon Musk, Tim Berners-Lee, Raymond Kurzweil, Travis Kalanick y decenas de actores de la revolución digital; en el caso de otros personajes, los que ocupan un rol central en la trama, no cuesta mucho encontrarles un paralelo en la vida real (Parker Hayes – Sean Parker). Estos billonarios sueñan con ir más allá del mundo flesh and blood, dejar atrás los cuerpos y los jueguitos algorítmicos para llevar hasta sus últimas consecuencias la revolución transhumanista. Y aspiran a construir un paraíso en medio del océano donde poder diseñar el futuro sin limitaciones.

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No podríamos alcanzar tales cimas metafísicas en tierra firme, las leyes nos lo impedirían.

Aquí esta nuestra isla. No pertenece a ningún Estado, a ninguna casta, a ningún nombre. Todos son bienvenidos.

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La invención de los cuerpos no solo ficcionaliza el dark side de las tecnologías digitales, sino también el espíritu anarquista, democrático y transformador que animó a sus pioneros y sigue vivo en infinidad de grupos y acciones colectivas. También nos recuerda cómo fueron creadas las redes digitales.

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El origen del proyecto comparte la esencia del proyecto mismo. Se construyó de manera descentralizada, fraccionada, en red. El proyecto de internet, es decir, crear un espacio sin dominación, nació sin líder. Todas las revoluciones nacieron de una decisión, de un acuerdo, de una concertación. Pero no ésta.

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Como esas novelas «que buscan abarcar el mundo contemporáneo» (Jorge Carrión dixit), La invención de los cuerpos va de México a Brasil, de Canadá a Berlín y de Guatemala a Hong Kong. Como en un hipertexto pero sin terminar de dinamitar la linealidad del relato (algo que se agradece), la trama construida por Ducrozet va uniendo puntos a lo largo de las páginas, hilvanando eventos históricos, desde la masacre de Ayotzinapa hasta los campos de exterminio en la Segunda Guerra Mundial.

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En La invención de los cuerpos confluyen el espíritu hacker del Whole Earth Catalog (WEC) con el mundo tecnoconspirativo de Philip K. Dick, aunque en esta ocasión los que se encuentran fuera de control son los humanos y no los androides. Hablamos de humanos insatisfechos, aburridos y embutidos en cuerpos perecederos, que ya no se conforman con la vida extra que les ofrecieron las religiones en los últimos milenios. Mientras tanto los hackers, hartos de moverse en las profundidades de las redes, quieren convertirse en ellas.

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Internet y el código, ambos son cuerpos, y el cuerpo es una red donde todos los elementos están conectados.

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Los cuerpos están presentes a lo largo de toda la novela. Cuerpos asesinados, desaparecidos, renovados, generados en laboratorios, unidos, flagelados. Cuerpos rediseñables.

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Lin percibió su cuerpo como el Atari delante suyo, como una máquina por desmontar, volver a armar, medir; una caja de herramientas. Le habían dado un sexo, una identidad, una nacionalidad, orígenes. Con nada estaba de acuerdo. Entonces aprende el código y el funcionamiento de su propia máquina. En 1997, a los diecisiete años, pide por internet un tratamiento hormonal.

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En un momento la novela se pone en modo metatextual

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Si escribiera una novela (Dios me ampare, tengo cosas más importantes por hacer), la construiría así, en rizoma, en archipiélago, figuras libres, interconexiones, hipertextos, pues ese debería ser el fundamento del relato contemporáneo.

El arte también debe adoptar el modelo del rizoma.

Lo que Deleuze no podía saber entonces, pero sí entrevió, es que el rizoma último, su encarnación, es internet.

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… y en otro funciona en modo Bolaño, por ejemplo cuando una pareja escapa por el desierto de Sonora, ese «territorio ciego en el que se avanza entre imágenes de ahorcados y capas de calor». En sintonía con el espíritu digital de la novela, a diferencia de Los Detectives Salvajes en esta ocasión la travesía no se hace a bordo de un viejo Impala sino de un Tesla.

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Como el Perú de Vargas Llosa, en un momento los utopías digitales se jodieron.

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La red se ha convertido en un monstruo incontrolable que ya no sabe lo que dice ni lo que muestra. Pronto será hora de cortarle la cabeza.

La red anarquista, proliferante, era ideal para escapar del capitalismo, pero éste posee el genio de asimilar todo cuerpo extranjero.

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Otra vez los cuerpos.

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El cuerpo lo ha invadido todo, es lo único que vemos.

Desde hace un siglo la muerte ha abandonado nuestro mundo, ya no es bienvenida., no deseamos verla más.

Quisiera escribir la historia del mundo a partir sólo de los cuerpos.

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Si las redes ya no son lo que eran, hay que hacer algo. Que se jodan ellos.

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Los nuevos fascistas habitan en Silicon Valley. Los transhumanistas controlan las más grandes empresas de la web, que se han convertido en máquinas de trituración, control, clasificación. Rompámosle los huevos.

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Casi al final de la novela me encuentro con una de las mejores definiciones de los Estados Unidos.

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Estados Unidos no existe. Este país ha captado la ficción como el único elemento que eventualmente nos hará entender algo en este caos, o al menos hacérnoslo creer. Se ha dedicado a producir ficciones. Y ahora que estamos dentro de la escenografía todo pierde su capacidad, confiscado por la sed de entendimiento de los hombres, quienes han reducido a cenizas piedras y rocas, pájaros y ríos, al servicio de la ficción.

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La única realidad es la ficción.

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!Buena lectura!

Bonus track

El post está ilustrado con obras de Florencia Palacios que fotografié en el Museo Moderno de Buenos Aires en diciembre de 2021.

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