Pequeño diccionario chino ilustrado.

Una cosa es que te lo cuenten y otra muy diferente vivirlo durante dos semanas. En China las dimensiones espaciales y temporales con las que estamos acostumbrados a movernos sufren una distorsión. Los espacios urbanos y rurales son inmensos incluso para un argentino acostumbrado a las extensiones patagónicas. Pero quizá lo que más sorprende es la dimensión temporal: China es un mundo milenario donde el cambio social se ha acelerado de una manera pocas veces vista en la historia humana. Las que siguen son solo algunas voces para un diccionario, una serie de palabras-clave escritas en caliente, apenas aterrizado en Barcelona, después de pasar unos días en Beijing y Shanghai participando en la 5th Conference of Media Literacy Education y dictando un taller sobre Transmedia Narrative Design en la Beijing Foreign Students University.

Arte

En este viaje me dediqué a explorar la producción artística contemporánea y dejé para futuras incursiones la visita a los clásicos museos donde proliferan bronces y jades centenarios. Tanto en Shanghai como en Beijing visité los dos distritos artísticos –M50 y 798 respectivamente- montados en sendos espacios industriales reciclados. Si bien el de Shanghai es más pequeño (estamos hablando de un par de hectáreas…), tiene una mayor densidad de galerías y artistas. La producción contemporánea china tiene mucho de arte pop, dialoga con la cultura de masas capitalista pero sin morder a fondo y, por momentos, parece guiñarle un ojo y algo más al coleccionista occidental. Por otro lado, me llamaron la atención algunos pintores que recuperan la tradición Occidental (desde El Bosco hasta Delacroix) y la interpretan desde el siglo XXI. Ignoro si hay estudios comparativos entre el arte post-soviético de los años 1980-90, por ejemplo las esculturas y pinturas de Boris Orlov, y esta producción china, pero creo que valdría la pena ver sus puntos de contacto y disyunciones.

Contrato Social

Hablando con algunos colegas argentinos y españoles que viven en China desde hace varios años, todos coincidían en la existencia de un fortísimo contrato social. De frente a otros países -sin ir muy lejos la misma Argentina, un país donde el contrato social parece estar atado con alambre y siempre amenaza con caerse en el abismo de su disolución- en China la relación entre las élites y la sociedad parece muy clara: creciente bienestar económico a cambio de orden y seguridad. Esta renuncia a ejercer sus derechos civiles y políticos (me cuentan que la mayoría de la población se desentiende de la política, no participa en las elecciones y solo una minoría inquieta de intelectuales sufre por las limitaciones a la navegación en la red o la censura estatal) pasa a segundo plano, o más allá, por la obtención de beneficios materiales inimaginables pocos años atrás. El turbocapitalismo (*) chino ha hecho posible un salto económico impensable entre una generación y la siguiente. Lo digo de manera brutal: si padres y abuelos aspiraban a tener una bicicleta en los años 1980, ahora sus hijos y nietos pretenden un iPhone. Las cifras de crecimiento económico y expansión salarial están a la vista de todos y se pueden comparar con otros países en este bonito mapa de El Orden Mundial:

Desde la perspectiva de Occidente, este contrato social parece aberrante pero, por un lado, nos lleva a preguntarnos sobre las limitaciones de nuestros regímenes de gobierno: ¿Están garantizando las democracias occidentales una justa distribución de la renta? ¿A quiénes representan los partidos políticos? ¿A los ciudadanos o a las élites? ¿Hasta dónde no se están difundiendo sofisticados instrumentos de control social también en Europa y las Américas? Por otra parte, a medida que la economía china se desacelere -algo que ya está pasando- ese contrato social puede comenzar a mostrar sus limitaciones.

Interfaces

Si, tal como explico en la voz Ranking social (*), los chinos se mueven al ritmo de WeChat y Didi, los extranjeros no podemos hacer a menos de los sistemas de traducción digital (como el Google Translator). Muy pocos chinos hablan inglés. Incluso en los hoteles o ventanillas informativas resulta raro encontrar a alguien que vaya más allá del “Hello“. Por suerte, la cortesía de los chinos y las interfaces digitales vienen en nuestra ayuda… Por ahora las traducciones digitales se realizan en modo asincrónico (uno habla al smartphone, la aplicación traduce y devuelve un texto escrito y en formato audio para hacerle leer o escuchar a nuestro interlocutor). ¿Cuánto pueden tardar en llegar los traductores sincrónicos? La combinación entre inteligencia artificial, machine learning y redes 5G llevará antes o después a sistemas de traducción simultánea sin intervención humana. No cuesta mucho imaginarse una conferencia internacional donde cada ponente hable en su lengua y las máquinas se encarguen de traducirlas a la de sus espectadores.

(Supongo que esto que acabo de escribir molestará a mis lectores que trabajan como traductores o intérpretes y tendrán argumentos para rebatirme. Seguramente hay textos que exigen una intervención humana, pero para saber si quedan asientos en un tren o a qué hora se sirve el desayuno en un hotel tampoco hace falta recurrir a un especialista).

Ranking social

Las personas con quienes conversé en China no parecían muy preocupadas o siquiera enteradas de los sistemas de “social ranking” de los cuáles se habla tanto en Occidente (me refiero al sistema tipo Black Mirror para medir el comportamiento de los ciudadanos y, en consecuencia, fijar beneficios sociales). El sistema de “social ranking” se está desplegando y están emergiendo los primeros debates en las redes sociales locales, ya sea a favor como en contra de una tecnología que lleva el panóptico de Bentham y Foucault a una nueva dimensión.

Las ciudades chinas están cubiertas de cámaras y sensores, algo a lo que deberemos acostumbrarnos también en el resto del mundo a medida que se difundan las tecnologías de la Smart City y las redes 5G. La gran lucha será por el uso que se haga de esos datos por parte de los Estados y empresas privadas.

Algunos chinos, al igual que los occidentales que viven allá o están de paso, han descargado aplicaciones VPN para poder acceder a las webs y plataformas bloqueadas por la Gran Muralla Digital. Esta es la única forma de utilizar las aplicaciones de Google (Gmail, YouTube, etc.), Twitter o Facebook… o poder ver las series y películas de Netflix. Un dato: casi un tercio de las alumnas de la universidad (*) que participaron en mi taller conocían Black Mirror y realizaron excelentes trabajos de análisis de las tecnologías que allí aparecían.

Y hablando de aplicaciones digitales, además del VPN para sobrevivir en China hay que instalar WeChat y Didi. WeChat es algo más que un sistema de mensajería parecido a WhatApp: es una meta-aplicación polifuncional que, además de enviar mensajes (como WhatsApp o Messenger) permite tener un muro personal (como el de Facebook), realizar pagos (como con PayPal) o compartir la localización (como con Google Maps). Respecto a Didi, es la gran empresa de “transporte colaborativo” que, si bien en un primer momento compitió con Uber, terminó ganándole por goleada.

Transporte

Las infraestructuras en China son gigantes, fueron construidas en la última década y están impecables. China tiene la primera red mundial de trenes de alta velocidad (adivinen en qué país está la segunda), una trama ferroviaria que, a diferencia de ese otro país, no sigue un esquema centralizado sino que conecta las zonas más pobladas del país y se abre paso hacia el Oeste (la nueva “Vía de la Seda“). Las estaciones del metro tanto de Beijing como de Shanghai son muy recientes (salvo las pocas líneas históricas que tenían antes del boom económico), están señalizadas en chino e inglés y son muy user-friendly. Después de un par de viajes el usuario entiende perfectamente cómo moverse, cambiar de estación o recargar la tarjeta. Como explico en la voz Ranking social (*), por lo general los chinos también pagan el metro con el smartphone utilizando el sistema WeChatPay.

Las ciudades y los transportes chinos son muy seguros. Para usar el metro hay que pasar por un control similar al de un aeropuerto que incluye escaneo de bolsos o mochilas y detector de metales, y en cada tren viajan varios guardias de seguridad. Como solía decir mi abuelo, “el hombre es bueno, pero si se lo vigila es mejor”. A esto me refería con un contrato social (*) basado en el bienestar económico a cambio de seguridad y control. Los pasajeros del metro, obviamente, no les prestan atención a los guardias y, como pasa en el resto del planeta, solo se concentran en sus dispositivos móviles.

Turbocapitalismo

El dato es citado a menudo pero no por eso es menos real: en tres años China consumió más cemento que los Estados Unidos durante todo el siglo XX. Donde uno mire hay grúas, máquinas trabajando y obreros con casco construyendo torres, puentes o túneles. Las ciudades cambian semana a semana y las guías de turismo (o incluso las páginas webs con información turística) quedan desactualizadas en poco tiempo. Durante mi estadía he buscado infructuosamente un par de lugares indicados en mi guía Lonely Planet del 2018 que ya no existen.

La segunda foto (la que dice “Now”) es vieja. La de abajo la saqué hace una semana y seguramente nuevas grúas y rascacielos ya se perfilan en el skyline de Shanghai …

Como ya pasó con la Revolución Industrial a comienzos del siglo XIX, el turbocapitalismo chino se concentra en algunas áreas determinadas del país pero sus efectos se hacen sentir en las zonas más remotas de su territorio. Millones de familias se han trasladado a las ciudades o sus zonas de influencia, mientras que sus hijos aspiran a trabajar en las grandes corporaciones con sede en Beijing, Shanghai o Shenzhen. En las charlas de sobremesa que mantuve con colegas occidentales (periodistas, editores, profesores) que viven en China no terminábamos de encuadrar cómo fue posible que un sistema de gestión tan centralizado y vertical (top-down) haya podido generar un ecosistema innovador tan dinámico y disruptivo.

Ya no vale acusar a China de ser una copy-cat nation que reproduce de manera burda las ideas occidentales: la mayor cantidad de las patentes de Inteligencia Artificial y redes 5G provienen de China, por no hablar de las nuevas marcas de ropa o estudios de arquitectura que están cambiando el paisaje urbano oriental. La inversión en investigación y desarrollo, el despliegue de un plan estratégico para la Universidad (*) y la apuesta por una apertura económica a escala global son algunas de las causas (no dudo de que haya muchas otras) que han llevado a esta aceleración capitalista. Por otra parte, la existencia de políticas de Estado a largo plazo también debería ser otro factor a tener en cuenta.

Universidad

En 2017 el gobierno chino elaboró un documento programático para fijar las líneas de desarrollo de la educación universitaria. China aspira a colocar más universidades al tope de los rankings y para eso ha creado una lista que incluye 42 instituciones “top class” y 95 “double first class” para potenciarlas con grandes inversiones. Durante mi estadía conocí la Communication University of China (CUC) y la Beijing Foreigner Students University. La primera me sorprendió: si en Europa o las Américas existen facultades o departamentos de comunicación, en Beijing tienen una universidad dedicada exclusivamente a esta disciplina (!). El campus de la CUC ocupa varias hectáreas (era solo un poco más pequeño que el campus de Bellaterra de la UAB en Barcelona) y tiene edificios dedicados al periodismo, el cine, la traducción, la producción audiovisual, el teatro y las artes escénicas, etc. Me sorprendió encontrar, además de los participantes del congreso de Media Literacy Education en el cual presenté los resultados del proyecto Transmedia Literacy, una buena cantidad de alumnos y profesores… el domingo a las 08.00 de la mañana.

La BFSU es una institución especializada en cultura, lenguas y otras disciplinas sociales con una fuerte impronta internacional que recibe estudiantes de toda China y del extranjero. El campus también es enorme y se encuentra en plena expansión con nuevos edificios. En esta universidad organicé un taller sobre narrativas transmedia para 18 alumnas (solo participaron dos chicos). Todas hablaban un inglés de nivel medio-alto y realizaron excelentes proyectos finales.

Otro dato: si bien está muy subvencionada, los alumnos deben pagar una matrícula anual (muy baja) y pasar un examen antes de ingresar a la universidad.

Más allá del diccionario

Si bien pienso volver el año próximo, creo que ni aún viviendo varios años en China se llega a procesar la realidad de esa sociedad. Quizá tampoco alcance un diccionario: por más que le agreguemos nuevos conceptos, siempre quedarán vacíos por llenar. Solo una enciclopedia, con su trama de voces y reenvíos, puede llegar a traducir en palabras la complejidad de un país con el cual todos los demás deberán confrontarse en este siglo. Sí, ahora que lo pienso China se merece una enciclopedia como ese “emporio celestial de conocimientos benévolos” imaginado por J. L. Borges en “El idioma analítico de John Wilkins”, una enciclopedia-mapa (seguimos con Borges) tan grande como su territorio.

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