La lectura en España: informe de la situación.

Este post consta de dos partes y nace como derivación textual del volumen La lectura en España. Informe 2017 coordinado por José Antonio Millán y en el cual tuve el inmenso placer de participar junto a un dream team de expertos en lectura, edición y circulación del libro. La primera parte es un mosaico de citas de los autores que participaron en este libro de la Federación de Gremios de Editores de España; la segunda parte incluirá mi contribución al volumen (“El translector. Lectura y narrativas transmedia en la nueva ecología de la comunicación“). El libro se puede descargar de manera gratuita, ya sea de forma integral o cada capítulo por separado.

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Del mosaico textual que presentamos emerge todo tipo de relaciones, emociones y reflexiones. En algunos fragmentos reina el temor, en otros prima la esperanza o al menos una visión menos catastrófica de la situación. Todos los autores, en mayor o menor medida, coinciden en que se está viviendo una transformación profunda en la circulación y recepción de los textos. ¿Con qué criterio fueron elegidas las citas de este post? Me detuve sobre todo en los textos que aportan visiones (que no necesariamente comparto) sobre la evolución de la ecología mediática. El uso de conceptos como “bibliodiversidad” o “adaptación” por parte Antonio María Ávila, o la presencia de “mutación” y “extinción” en el texto de Jorge Carrión, nos colocan en el centro de la metáfora ecológica/evolutiva aplicada a los medios. La palabra “evolución” (de las publicaciones, de las bibliotecas, de las librerías) aparece 21 veces a lo largo del libro. También emergen aquí y allá especies híbridas, desde “filmperformance” hasta “bibliobuses”. El ecosistema mediático está en tensión y cuesta ponerlo en discurso.

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El mosaico

José Antonio Millán

Hemos pretendido, de nuevo, editar una obra que resulte de utilidad no sólo para los especialistas en edición y venta de libros, en educación o en cultura (quienes por supuesto tienen capítulos que les están especialmente dirigidos), sino también para todos aquellos relacionados con los usos y prácticas de la lectura. Por su importancia, se ha hecho especial hincapié en las acciones dentro del sistema educativo. Y no podían faltar, naturalmente, capítulos dedicados a la peculiar simbiosis —algunos dirían choque— que se está produciendo entre el soporte papel y los medios digitales.

Hay que señalar, en honor de los especialistas que han intervenido en esta edición, que la carestía de datos, tanto en el ámbito de la educación como en algunos de los más importantes operadores digitales, ha hecho su tarea a veces muy difícil. También faltan estudios con una de las metodologías más fértiles para estudiar la realidad de la lectura (más allá de encuestas o cifras de circulación de ejemplares): el trabajo directo con grupos de lectores. Aunque más lentos y costosos que otros procedimientos, estos estudios cualitativos permiten acceder a las auténticas prácticas y motivaciones de la población lectora.

Alberto Manguel (“La lectura como acto fundador”)

Los libros que Mendoza trajo al Nuevo Mundo no fueron sometidos al escrutinio de la aduana española, pero ya en 1506, el rey Fernando había ordenado «para la buena gobernación de las Indias» que se prohibiera la venta de libros «que tratan lo profano y materias inmorales que los Indios no puedan leer». A pesar de repetidos y severos decretos como éste, miles de libros que trataban de «lo profano y materias inmorales» llegaron a las Américas en las décadas siguientes. Y entre estos pasajeros clandestinos, se encontraba, como era de esperarse, uno de los grandes best-sellers del siglo diecisiete, Don Quijote de la Mancha, cuya presencia en estas tierras está atestiguada desde su primera edición en 1605. Tan popular fue la figura del heroico caballero en las Américas que, en 1607, dos años después, en el altiplano del Perú, el corregidor de la mina de Pausa montó en honor del nuevo virrey un espectáculo que culminaba con la aparición de un personaje reconocido por todos los presentes, Don Quijote y su rotundo escudero.

Las lecturas de Don Quijote producen en él un efecto contrario al que produjeron en los conquistadores: éstos quisieron imponer en el Nuevo Mundo los paisajes mitológicos del Viejo —amazonas, gigantes, Eldorado— para mejor justificar la brutalidad del saqueo y la matanza, presentándose como paladines cristianos contra los paganos pecadores. Don Quijote en cambio hace suya la ética caballeresca y combate contra entuertos cometidos por criaturas de carne y hueso, cristianas o no. Su «remedio ordinario» frente a un desafío, nos dice Cervantes, «era pensar en algún paso de sus libros»: su biblioteca le da el vocabulario con el cual enfrentarse al mundo demasiado real.

Darío Villanueva (“Leer literatura, hoy y siempre”)

Para bien o para mal la nueva generación está siendo moldeada por la Web. Venga esto a cuento de que los profesores (y los editores) no nos chupamos el dedo, y sabemos bien que nosotros seguimos siendo los de siempre, pero nuestros alumnos (o potenciales clientes) pertenecen ya a otra Galaxia, que no es exactamente la de Gutenberg, sino la de Internet.

Quizás el método inmediato y urgente que debe ser rescatado para la labor docente sea el de la lectura: aprender a leer literariamente otra vez. Porque paradójicamente esa competencia puede que se esté perdiendo, y existe la contradicción de que, en nuestras sociedades, si profundizamos un poco bajo el oropel de la epidermis nos encontramos con que la capacidad de comprensión de los textos complejos por parte de los ciudadanos que salen del sistema educativo es cada vez menor. Y la literatura dejará de existir, al menos con la plenitud que le es consustancial, en el momento en que no contemos con individuos capaces de saber leerla desde esa complejidad de los dos códigos que la obra literaria incorpora: el código lingüístico y, sobre él, el código especial de convenciones propiamente literarias.

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Antonio María Ávila (“La oferta editorial de libros”)

Desde el punto de vista de la oferta cultural, al menos cuantitativamente, la edición española se sigue caracterizando por un fuerte pluralismo cultural y una rica bibliodiversidad, ya lo analicemos por los ISBN concedidos anualmente o por los títulos vivos; en esa rica diversidad se incluye además un pluralismo lingüístico que atiende a todos los idiomas cooficiales. Pero la bibliodiversidad es fuerte desde la perspectiva de los oferentes: hemos visto que más del 51 % de esa oferta de títulos vivos tiene su origen en centenares de pequeñas editoriales con intereses y filosofías muy diversas.

José Manuel Anta (Los puntos de venta de libros y publicaciones periódicas”)

En los últimos años estamos observando una disminución progresiva del número de puntos de venta cuya principal actividad es la comercialización de libros. Así pues, se reduce el espacio físico dedicado a esta actividad, lo que supone una muy mala noticia, por supuesto en primer lugar para el propio sector de la librería, pero también para editores y distribuidores, en la medida en que se reducen las posibilidades de acceso, para el lector y potencial comprador, a toda la oferta disponible de libros que puede conocer a través de las librerías como espacios para el descubrimiento, tanto de los nuevos títulos como del fondo editorial. Este descenso en el número de librerías tiene una repercusión directa en el sostenimiento de la cadena del libro en su conjunto, así como en el mantenimiento de las redes culturales y sociales de carácter local y zonal, de las que la librería es un eje fundamental.

Al igual que en el caso de las librerías, a lo largo de los últimos años se ha producido una importante reducción en el número de puntos de venta (de publicaciones periódicas) (…) El sistema de distribución de publicaciones durante muchos años ha permitido poner los diarios y revistas a disposición de sus compradores a través de una extensa red de puntos de venta, en su mayoría especializados. Dicha red poseía una extraordinaria capilaridad que facilitaba el acceso al producto en cualquier lugar de España.

José A. Gómez-Hernández (“Las bibliotecas”)

Las bibliotecas deben evolucionar con sus usuarios, con las tecnologías y con la sociedad de la que forman parte, porque estancarse sería retroceder y alejarse de modo casi irreparable de sus objetivos, dado el ritmo de innovación y cambio en las formas de leer, informarnos y comunicarnos

Para una sociedad democrática e inclusiva son necesarias buenas bibliotecas, aglutinadas por bibliotecarios al día, con compromiso, flexibilidad y capacidad de cooperación. Bibliotecas que se disfrutan en convivencia respetuosa sin ningún requisito o discriminación, con recursos informativos de calidad y en las que se interactúa y se aprende junto a otros. Revitalizan los barrios y ciudades en que se ubican y mejoran a las personas y a las comunidades, contribuyendo a un desarrollo sostenible global.

Luis González (“Hábitos lectores y políticas habituales de lectura”)

“Leer es leer un libro” y es a esta lectura a la que se le otorga una jerarquía absoluta como consecuencia de unos ciertos atributos (selección, profundidad, experiencia individual y de esfuerzo vinculado a un contenido de calidad) y valores (educación, crecimiento personal y desarrollo como persona y como profesional) (…) La conclusión es que hay una disociación entre la riqueza y variedad de las actividades lectoras en España y el concepto que se maneja.

El discurso dominante es que la gente cada vez lee menos. Los datos que se han ido recabando nos indican, de un modo pertinaz, todo lo contrario. Si nos fijamos en lo que ocurre con el «círculo exterior de la lectura» —la visión amplia del hecho lector— la evolución de los resultados amplía la base de lectores en la población de un modo constante y también ocurre lo mismo si concentramos la mirada en la lectura frecuente de libros en el tiempo libre, pues en los últimos quince años se registra, nada menos, un incremento de 11,2 puntos en la proporción de lectores frecuentes.

Fernando Trujillo (“El sistema educativo”)  

La LOMCE y su desarrollo representan en el plano normativo un estancamiento, en el mejor de los casos, en relación con la lectura. La LOMCE no ofrece mejora alguna respecto a su tratamiento; por el contrario, se añade confusión y se difumina su importancia al vincularla básicamente con el hábito lector o el aprendizaje del vocabulario y la ortografía y no con su dimensión epistémica o su relación con el desarrollo de las competencias claves. El diseño curricular contribuye a retrotraernos al menos una veintena de años en nuestra aproximación a la lectura. 

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Jorge Carrión (“Librerías. Desapariciones, permanencias, metamorfosis”)

En los paseos, en las rutas, en la frecuentación de las librerías, los clientes acostumbran a mezclar visitas, no sólo a establecimientos de libros nuevos o usados, de larga historia o de nueva generación, sino también a galerías de arte, tiendas de cómic, cafeterías, museos, centros culturales o tiendas de música. El itinerario del consumo cultural en el siglo XXI es necesariamente bastardo. Fluctúa entre espacios muy diversos. Y entre el papel y el píxel.

Esa mutación radical de nuestros modos tanto de producir como de leer imagen y texto explica, de hecho, la proliferación de estudios sobre el libro, las bibliotecas, las editoriales o las librerías. Como ha escrito Nora Catelli: “No es casual que la historia del libro, como disciplina, haya surgido de manera paralela a la conciencia de la posible extinción física de ese objeto” [Catelli 2001: 20]. 

Pese a que ya no tenga sentido hablar de “alta” y “baja” cultura, porque nuestras vidas son una montaña rusa constante entre producciones de diferente calidad y signo, porque todos somos productores culturales y porque la horizontalidad democrática ha barrido la verticalidad aristocrática, de modo que el académico que por la mañana publica en una revista indexada un estudio sobre la edición en Barcelona en el siglo XVII, por la tarde cuelga en Facebook una foto leyendo en la playa con una camisa hawaiana, lo cierto es que sí existen frecuencias y canales diferenciados de opinión, información e imaginación respecto a los muchos libros que nos rodean. Y tanto los ya existentes como los nuevos, tanto los más graves como los más desenfadados, se han puesto de acuerdo en reivindicar de una forma u otra el objeto libro.

Inés Miret y Mònica Baró (“Bibliotecas escolares a pie de página”)

En un reciente trabajo coral junto con Henry Jenkins y danah boyd, Mizuko Ito habla de las experiencias de aprendizaje conectado como entornos capaces de poner en relación tres culturas diferentes: 1) las prácticas de aprendizaje informal alrededor de los nichos de interés de los jóvenes (música, deporte, juegos, libros, vídeos…), 2) los tipos de interacciones que regulan las relaciones entre los iguales y 3) las necesidades derivadas de la institución escolar [Jenkins, Ito y boyd 2016]. Un análisis crítico de estos tres focos puede ayudar a un debate fértil para afrontar un futuro desconcertante —sí—, pero que sitúe a la biblioteca escolar como el entorno de aprendizaje conectado probablemente más viable de la educación formal. Su centralidad en la vida académica y, a su vez, la marginalidad respecto a ciertas prescripciones que imponen las dinámicas de las aulas, la sitúa en un lugar privilegiado para tender puentes, lo que hoy se configura como una de las claves de la educación. 

Jesús Arana Palacios (“Clubes de lectura”)

En los últimos quince años los clubes de lectura se han extendido en España formando una red que abarca todo el territorio. Seguramente porque la mayoría de ellos han surgido al amparo de las bibliotecas públicas y éstas son un servicio de proximidad que llega por igual a los centros históricos de las grandes ciudades y a los pueblos más recónditos. La consecuencia es que en un periodo relativamente corto los clubes han pasado de ser un fenómeno casi exótico a convertirse en parte de nuestro paisaje cultural. Es raro que alguien no tenga un club de lectura a pocos minutos de su domicilio o que no conozca a una persona que forme parte de alguno de ellos. Incluso en pueblos muy pequeños son los propios bibliobuses, que suplen la falta de bibliotecas, los que están organizándolos.

Julieta Lionetti (“La próxima lectura. Modelos de recomendación de libros en línea”)

Tanto La Casa del Libro como Amazon tienen activados sistemas de recomendación basados en algoritmos híbridos. Detrás de ese “los clientes que compraron este libro también compraron…”, que aparece cuando hacemos clic en una cubierta cualquiera, hay una gigantesca operación computacional que se realiza en menos de medio segundo y que incorpora y guarda nuestro clic —nuestra huella— en el sistema para futuros cálculos y recomendaciones. Tenemos que saber que estamos en un mundo de correlaciones, en el mundo de los datos masivos o big data, sin los cuales cualquier empresa de comercio electrónico se vuelve impracticable. Las predicciones basadas en correlaciones no pretenden —ni pueden— ser exactas, puesto que sólo detectan la mayor o menor dependencia entre variables aleatorias. El lector omnívoro tiende a recibir recomendaciones menos relevantes a sus intereses que el lector que se especializa en leer best-sellers o libros de empresa o novela romántica.

El movimiento booktube es un fenómeno anglosajón que se da a conocer en el 2012 y se expande casi inmediatamente a todo el planeta. Ese mismo año llega a España, donde hoy ya ha adquirido la condición de tendencia dominante, al igual que en Hispanoamérica. La espontaneidad que los comentaristas le adjudican a las actuaciones de sus integrantes es en realidad la puesta en escena de un estilo que quiere provocar la ilusión de espontaneidad. Algo que se torna evidente cuando se sigue a varios booktubers de distintas latitudes y contextos culturales y uno se da cuenta de que un chico de Lugo y otro de Londres participan de los mismos estereotipos. El estilo booktube va desde la apariencia de estos fantásticos comediantes, que han hecho de los libros la temática de sus espectáculos, hasta los formatos en los cuales se presentan esos libros. Sin formato canónico, no eres booktuber.

 

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José Antonio Millán «Diario ilustrado de un lector contemporáneo»

Soy lector desde hace muchos años, desde siempre. Digamos que soy un lector voraz y que, como mucha gente, leo por tres motivos: por razones profesionales, por informarme de cuestiones generales y por placer. Y, naturalmente, hay múltiples entrecruzamientos entre estas tres categorías. La lectura profesional no puede evitarla nadie que esté en el mundo de trabajo con un cierto nivel de cualificación (cosa que, en este país de camareros, empieza a ser complicada). El médico, el chef de cocina, el abogado, el empleado de banca, el funcionario, todos practican lecturas que les ayudan a ampliar sus perspectivas profesionales, y eventualmente a promocionarse. Éstas se combinan con la lectura de noticias para “saber qué pasa”. Por último, en el mundo actual hay multitud de otras lecturas propias de nuestra “profesión” de ciudadanos [Cassany 2008]: la lectura de un contrato de arrendamiento o de las condiciones de uso de un iPhone. Por último, la lectura de placer, de ocio, para distracción o para conciliar el sueño, es un capítulo importante, tanto que amenaza con convertirse (para las encuestas y los medios de comunicación) en “la lectura” por antonomasia, abusivamente identificada como lectura de novelas.

Voy a terminar con una cuestión delicada, que fue planteada por primera vez por Carr [2008]: la capacidad de buscar, enlazar y saltar de un texto a otro, ¿es en detrimento de las capacidades de lectura inmersiva e intensiva? (lo que Carr sintetizó con un exagerado “¿Google nos está volviendo estúpidos?”). Lamentablemente, después de décadas de lectura, investigación y escritura digital, tengo que convenir en que algo de eso hay… En mi caso, es posible que me haya habituado al refuerzo positivo de la inmediatez en encontrar conexiones (por ejemplo, el salto a Google para aclarar una referencia o buscar una ampliación), que hace que a su lado la progresión a través de decenas de páginas grises, aunque de contenido potencialmente excitante, parezca algo aburrido. 

Sigue en la segunda parte.

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