Las herramientas (los medios) modelan el cerebro.

“Excavar es abrir un libro escrito en el lenguaje que los siglos han hablado dentro de la tierra”

Spyridon Marinatos, arqueólogo griego

 

Man the Tool-maker es un clásico publicado por Kenneth Oakley en 1949. En ese volumen Oakley sostenía que la construcción de herramientas de piedra había funcionado como acelerador de la evolución del Homo Sapiens. Según este antropólogo británico “toolmaking was the chief biological characteristic” que facilitó la coordinación entre el poder de la mente y el cuerpo. A medida que los investigadores fueron descubriendo que otras especies -como los chimpancés o los cuervos- también manipulan pequeñas herramientas para construir o buscar comida, la hipótesis de Oakley fue cayendo en el olvido. En 1960 el paleontólogo Louis Leakey, en medio de las polémicas sobre esta cuestión, sostuvo que “now we must redefine tool, redefine Man, or accept chimpanzees as humans”.

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Imaginen que el Homo Sapiens de Oakley tira un hueso al aire… y cae en el 2008. Ese año Nicholas Carr publica en The Atlantic Monthly un artículo que se convertiría en un clásico: Is Google Making Us Stupid?  En ese texto Carr comenzaba mencionando los problemas de concentración que producen las nuevas tecnologías a la hora de escribir –“the more they use the Web, the more they have to fight to stay focused on long pieces of writing. Some of the bloggers I follow have also begun mentioning the phenomenon”– y llamaba la atención sobre los efectos perversos de las redes sobre nuestro pensamiento:

Never has a communications system played so many roles in our lives—or exerted such broad influence over our thoughts—as the Internet does today. Yet, for all that’s been written about the Net, there’s been little consideration of how, exactly, it’s reprogramming us. The Net’s intellectual ethic remains obscure.

Al promover una lectura superficial y rápida, la red impide la lectura en profundidad y su lógica consecuencia: el “deep thinking”.

The Net isn’t the alphabet, and although it may replace the printing press, it produces something altogether different. The kind of deep reading that a sequence of printed pages promotes is valuable not just for the knowledge we acquire from the author’s words but for the intellectual vibrations those words set off within our own minds. In the quiet spaces opened up by the sustained, undistracted reading of a book, or by any other act of contemplation, for that matter, we make our own associations, draw our own inferences and analogies, foster our own ideas. Deep reading, as Maryanne Wolf argues, is indistinguishable from deep thinking.

El éxito del artículo de Carr lo llevo a escribir un libro –The Shallows. What the Internet is doing to our brains– que se convirtió en uno de los best-sellers del 2010.

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En este volumen Carr retoma los argumentos de su artículo -el poder de las tecnologías para reformatear nuestro cerebro, la interrupción permanente que impide la concentración, etc.- y le agrega un recorrido por los nuevos estudios sobre la neuroplasticidad. Estas investigaciones confirman cómo está cambiando el cerebro humano a partir de las interacciones con las nuevas tecnologías digitales (por ejemplo, las transformaciones en la parte del cerebro que procesa información espacial a partir del uso del GPS). Si bien el libro de Carr es muy interesante, salta a la vista que el autor sólo se fija en las transformaciones negativas. Jonah Lehrer, en su reseña de The Shallows para The New York Times, apuntaba precisamente en esta dirección:

There is little doubt that the Internet is changing our brain. Everything changes our brain. What Carr neglects to mention, however, is that the preponderance of scientific evidence suggests that the Internet and related technologies are actually good for the mind. For instance, a comprehensive 2009 review of studies published on the cognitive effects of video games found that gaming led to significant improvements in performance on various cognitive tasks, from visual perception to sustained attention. This surprising result led the scientists to propose that even simple computer games like Tetris can lead to “marked increases in the speed of information processing.” One particularly influential study, published in Nature in 2003, demonstrated that after just 10 days of playing Medal of Honor, a violent first-person shooter game, subjects showed dramatic increases in ­visual attention and memory.

En 2014 Clive Thompson publicó Smarter Than You Think: How Technology Is Changing Our Minds for the Better , un volumen que precisamente refuta a Carr y evidencia los aspectos positivos de las nuevas tecnologías sobre nuestro cerebro. Por mi parte, apuesto por una visión menos maniquea y más dinámica que analice estos procesos evolutivos de manera multidireccional (ver mi artículo Desfasados: las formas de conocimiento que estamos perdiendo, recuperando y ganando). Siempre se pierde o se gana algo cuando una tecnología irrumpe en nuestra vida.

Demás está decir que este debate se encuentra al centro de las reflexiones de la Media Ecology desde mediados de los años 1960.

McLuhan y la mirada ecológica de los instrumentos de comunicación

La ecología de los medios puede sintetizarse en una idea básica: las tecnologías —en este caso, las tecnologías de la comunicación, desde la escritura hasta los medios digitales— generan ambientes que afectan a los sujetos que las utilizan. Recordemos la definición de Neil Postman (1970): “la palabra ‘ecología’ implica el estudio de los ambientes: su estructura, contenido e impacto sobre la gente”. En Understanding Media, Marshall McLuhan sostenía que los efectos de la tecnología «no se producen a nivel de las opiniones o conceptos, sino que alteran los ratios del sentido y los patrones de percepción de manera constante y sin ningún tipo de resistencia» (1964: 31). Por ejemplo la televisión «ha cambiado nuestra vida sensitiva y nuestros procesos mentales» (1964: 439). Postman amplificó esta idea al describir cómo nuestra “visión del mundo” es una creación de los medios de comunicación. Según Postman cada medium propone una “nueva orientación para el pensamiento, la expresión, la sensibilidad […] (los medios) clasifican el mundo para nosotros” (1985: 10). Esta interpretación de la metáfora ecológica podría definirse como la dimensión ambiental de la ecología mediática. En esta interpretación los medios crean un ambiente que rodea al sujeto y modela su percepción y cognición. 

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McLuhan no se cansaba de insistir en que los medios forman un ambiente o entorno sensorial (un medium) en el cual nos movemos como un pez en el agua; no nos damos cuenta de su existencia hasta que, por algún motivo, se vuelven visibles. Su ecología está totalmente volcada hacia las percepciones de los sujetos: los humanos modelamos los instrumentos de comunicación, pero, al mismo tiempo, ellos nos remodelan sin que seamos conscientes de ello.

En su artículo del 2008 Carr retomaba el planteo de McLuhan en su demoledora crítica a la web:

As the media theorist Marshall McLuhan  pointed out in the 1960s, media are not just passive channels of information. They supply the stuff of thought, but they also shape the process of thought. And what the Net seems to be doing is chipping away my capacity for concentration and contemplation. My mind now expects to take in information the way the Net distributes it: in a swiftly moving stream of particles.

Llegados a este punto, conviene remarcar que algunos ecólogos como Neil Postman desarrollaron una lectura moral muy cercana a la de Nicholas Carr, por ejemplo cuando criticaba el avance de la televisión sobre las prácticas de escritura. Otros investigadores como Marshall McLuhan se desentendieron hasta cierto punto de esas preocupaciones para privilegiar el análisis de las transformaciones perceptivas y cognitivas que afectan a los usuarios de los medios.

Retorno al Homo Sapiens como toolmaker

El número de abril de Scientific American incluyó este año un interesante artículo a cargo de Dietrich Stout, profesor de la Emory University. El artículo -titulado Tales of a Stone Age Neuroscientist– retoma los planteos de Kenneth Oakley y cuenta cómo un equipo formado por arqueólogos y neurocientíficos está experimentando en primera persona los cambios en el cerebro a partir del uso de la tecnología. Moviéndose dentro de la llamada “arqueología experimental“, los miembros del Paleolithic Technology Lab están produciendo ellos mismos piezas de piedra para mapear con sofisticados escáneres los cambios en la configuración del cerebro. El artículo publicado en Scientific American cuenta en detalle los problemas que deben afrontar y las dificultades que acarrea la construcción estas herramientas a primera vista tan “rudimentarias”.

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La plasticidad del cerebro permitió a los Homo Sapiens generar nuevos desarrollos tecnológicos y preservarlos -a través de la selección natural- para las futuras generaciones:

Brain changes—what neuroscientists term “plasticity”—provide raw material for evolutionary change, an effect known as phenotypic accommodation. Plasticity allows species the flexibility to try out new behaviors—to “push the envelope” of their current adaptation. If they happen to discover a good trick, it enters their behavioral repertoire, and the evolutionary race is on: natural selection will favor any variations that enhance the ease, efficiency or reliability of learning the new trick.

¿Cómo funciona el proceso de aprendizaje?

One good way to learn is simply to watch. Although calling someone a good imitator can be taken as an insult, comparative psychologists have come to recognize faithful copying as a pillar of human culture. Work by Andrew Whiten of the University of St. Andrews in Scotland and many others has shown that apes have some ability to imitate but nowhere near the compulsive, high-fidelity copying skills of human children and adults.

Sin embargo, el Homo Sapiens tiene un valor agregado a la hora de transmitir la información, más allá de la imitación:

Thomas Morgan of the University of California, Berkeley, and his colleagues recently conducted a stone-toolmaking experiment to examine how knowledge passes from one person to the next. They showed a significant learning advantage when teaching used language instead of simply demonstrating a skill. Further experiments along these lines might one day help answer the great mystery of when and why human language evolved. 

Todo parece apuntar a que el toolmaking, sumado a la tendencia a comunicarse a través de gestos, fue modelando la evolución de lo que posteriormente sería el lenguaje humano.

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Siglo XXXi

Imaginemos otro salto al futuro, al año 3001, cuando los investigadores del siglo XXXI analicen las transformaciones en la ecología de los medios a fines del siglo XX, un momento clave marcado por la irrupción de las redes digitales en la vida del Homo Sapiens. No cuesta mucho imaginarse a estos investigadores poniendo a sus estudiantes de la carrera de Tecnoarqueología Experimental a diseñar un logo utilizando un Mac del año 1984, buscar información en Google o jugando a Call of Duty con una PlayStation 4. Obviamente, tanto el hardware como el software deberían ser reconstruidos a partir de fragmentos de información -unas páginas de un manual, una foto de una interfaz, el plano de un circuito integrado- o rearmando piezas casi fosilizadas recuperadas en algún depósito olvidado.

De algo parecido a esto que imagino se encarga actualmente la Media Archaeology.

Ya hablaremos de ella en este blog.

En el futuro.

 

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One Comment

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  1. Graciela esnaola julio 3, 2016 — 10:37 pm

    Carlos…esta es nuestra línea de investigación en psicopedagogía! El articulo es genial!, nos leemos!

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