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Este post comienza con un vídeo y termina con otro. Ambos coinciden en demoler las prácticas educativas tradicionales y proponer un camino de salida.

El debate suscitado alrededor de la renuncia de un profesor porque no sintonizaba con sus alumnos merece ser ampliado y enriquecido con otros aportes y problemáticas. En mi post Educación, aburrimiento y el Síndrome del Boreout dejé caer algunas reflexiones sobre la pasividad y el aburrimiento de los alumnos (boreout), lo cual termina a menudo haciendo que los profesores se quemen (burnout). Otro aspecto caliente de esta geografía educativa es la evaluación de los procesos de enseñanza-aprendizaje. En este post hablaremos de evaluaciones y fracasos escolares, obviando por el momento las diferencias entre la formación escolar y la universitaria para cruzar problemáticas, diagnósticos y posibles respuestas.

Antes de proseguir, una nota personal: comencé a enseñar cuando estaba en tercer año de la Carrera de Comunicación Social; por entonces era Ayudante Alumno y tuve el gran honor de poder trabajar y aprender muchísimo con Mercedes Pallavicini, una profesora de teorías de la comunicación con un enorme conocimiento de la pedagogía. Muchas de las innovaciones didácticas que hoy en Europa se implantan gracias al Proceso de Bolonia (trabajar por competencias, evaluación permanente, educación participativa, etc.) eran el pan nuestro de cada día con Mercedes a finales de los 1980 en la Universidad Nacional de Rosario… Cuando llegué a España procedente de Italia en el 2002 me encontré con aulas silenciosas, alumnos tomando apuntes y profesores hablando dos horas sin parar (en Italia la situación no era muy diferentes). En este contexto el Proceso de Bolonia debería ser un soplo de aire fresco en un sistema medieval de transmisión del saber.

El cuento de la evaluación

En muchas escuelas y universidades todavía hoy la evaluación es considerada la fase final del proceso educativo, el momento culminante donde el alumno debe demostrar al profesor que sabe. ¿Y qué significa “demostrar que sabe”? Repetir una serie de contenidos provenientes de un libro y transmitidos al alumno por el profesor durante las clases. En el caso universitario, la cosa se vuelve aún más retorcida porque algunos profesores son autores de los libros que los alumnos deben comprar, leer, y repetir en el examen. El círculo reproductivo cierrar a la perfección.

La evaluación puede ser interpretada desde una perspectiva narrativa. Si aplicamos el modelo que Vladimir Propp desarrolló para describir las fábulas rusas (posteriormente perfeccionado por Algirdas Greimas), el proceso institucional de enseñanza aprendizaje -al igual que cualquier otra narración- se puede reducir a cuatro fases:

- Contrato: si el alumno cursa y aprueba todas las asignaturas del plan de estudios recibirá de la institución educativa un título avalado por el Estado.

- Competencias: el alumnos deberá adquirir competencias y superar pruebas que lo irán preparando para la fase sucesiva. Estas pruebas lo irán fogueando, curtiendo, convirtiendo en un sujeto competente.

- Realización: esta es la evaluación final (puede ser una tesina, un proyecto final, un examen escrito) que demostrará si el sujeto es competente o no.

- Sanción: si el alumno supera la evaluación, el contrato se cumplirá y recibirá el título. En caso contrario, deberá volver a la fase de competencias para mejorar su adquisición de competencias.

Las preguntas abundan… ¿Podemos pensar a la evaluación de otra manera? ¿Es posible desplazarla del espacio de la sanción (negativa o positiva) para situarla en otro lugar de la narración? ¿Cómo gestionar la sanción negativa, o sea el fracaso? En los procesos educativos… ¿Fracasa el sujeto o la institución con la cual contrata? Trataremos de responder a algunas de estas preguntas, y para eso saldremos de la semiótica narrativa e iremos al psicoanálisis.

Diez tesis desde el psicoanálisis

Resumo a continuación un largo post del psicoanalista Fernando Martín Aduriz titulado ¿Quién fracasa? (primera y segunda parte) que viene como anillo al dedo para responder a algunas de estas preguntas. Son 10 tesis que aclaran bastante el panorama:

1. Un alumno puede fracasar. Vivimos en una sociedad exitista donde el fracaso está cargado exclusivamente de valencias negativas. Aceptar el fracaso nos ahorraría muchos disgustos y descomprimiría muchas situaciones. Las grandes obras se construyeron sobre decenas de intentos frustrados. Según Freud “La escuela nunca debe olvidar que trata con individuos todavía inmaduros, a los cuales no se puede negar el derecho de detenerse en determinadas fases evolutivas, por ingratas que éstas sean”.

2. Se puede fracasar al triunfar. Freud reconoce un tipo de carácter descubierto en la labor analítica, los sujetos que fracasan al triunfar. Dice de ellos que cuando satisfacen un deseo largamente acariciado entonces comienzan a fracasar. Este rehusarse al éxito, o dejarlo a medias o echarse en manos del tranquilizador fracaso encajaría con una serie de niños y adolescentes que aún cuando presentan todas las condiciones para el éxito se abrazan al fracaso como terapéutica que evita ora la mirada del Otro, ora el juicio denigratorio de los pares ora la competición con hermanos, padre o madre.

3. El éxito es colectivo, nunca personal. El fracaso es colectivo, nunca personal. Sin el concurso de los otros no llegaríamos a nada. Nos necesitamos los unos a los otros “mucho más de lo que demostramos cuando alardeamos de nuestros éxitos, que son societarios, tanto en la vida profesional, como en lo deportivo como en la vida política”. Del mismo modo el fracaso de un alumno es el fracaso de todo un sistema pedagógico-social. Y los que triunfan en el sistema educativo lo hacen merced a la dedicación que se les presta en detrimento de otros que requieren de mayor dedicación y medios. Por eso el concepto de escuela cooperativa que apuesta por el crecimiento colectivo es más verdadero y más ético, en el sentido de virtuoso.

4. La escuela es impermeable a los cambios. No hay institución “más impermeable a los cambios, ni arquitectónicos, ni didácticos, ni de modificación de agrupamientos, ni de tiempos y calendarios, ni de invención de nuevas figuras de transmisión del conocimiento, ni de apertura al exterior, ni de nuevas formas de evaluación que la institución escolar, primaria y secundaria” (Martín Aduriz). Todavía perdurán microinstituciones escolares denostadas como la horrible de los deberes, que son la estrella moderna, el significante más repetido por las madres del siglo XXI: ¡deberes!, ¡le ponen muchos deberes!, ‘no me hace los deberes’.

5. La escuela es un agente de segregación socio-económica. Reflejo de una sociedad de clases bien diferenciadas, la escuela ha usado distintos mecanismos para ser correa de transmisión de la organización social dominante y no de agente del cambio social (separar por modos de vestimenta, diferenciar puertas de entrada, sistemas de de castigo y premio). El fracaso escolar golpea mucho más a alumnos pertenecientes a los estratos inferiores de la pirámide social.

6. El éxito escolar no lleva aparejado el éxito futuro. Y el fracaso escolar es, sin embargo, la base del éxito económico de muchas gentes. En muchos casos “alejarse pronto del sistema educativo permite superar el techo que el entorno familiar y social pudiera corresponder. Ello nos plantea la pregunta de hasta qué punto la escuela buscaría el mínimo común para mantener el estatus de sometimiento al poder y mantener al máximo posible de sujetos en el nivel de la ignorancia”.

7. La escuela fracasa en vivir de acuerdo a los avances de su tiempo e incorporarles, siempre llega con retraso. Todavía hoy asistimos al lamentable espectáculo de oposición, burla, competición, desprestigio por parte de responsables políticos y educativos de la institución escolar, del uso por parte de adolescentes y jóvenes de las redes sociales. Primero las rechazaban, ahora dicen querer incorporarlas a sus estrategias didácticas. Martín Aduriz es claro: “… la Escuela 2.0 empieza a sonar junto al uso del ordenador en el aula, las pizarras electrónicas y el uso de lo audiovisual a profusión. Ni oír hablar aún de tablets, ni de e-books, cuando se sabe que si el objetivo de una escuela es preparar a los más jóvenes para su encuentro con la sociedad y el mundo, lo que ellos se van a encontrar es un mundo en el que no habrá apenas libros de papel, y en el que la brecha digital situará a un lado a un nuevo tipo de analfabetismo funcional”.

8. Las políticas educativas confían en la educación para aliviar los problemas sociales , sean de violencia de género, de educación vial, de conducta alimentaria, embarazos no deseados, o de convivencia. Según Martín Aduriz estos objetivos -¿demasiado ambiciosos?- se contradicen con la creciente carga lectiva y las nuevas exigencias de preparación de los más jóvenes. La agenda académica es cada día más apretada. Por mi parte, me pregunto: ¿no le estamos pidiendo demasiado a las instituciones educativas? Si nos focalizamos en la universidad, en los años 1960 (en América Latina) se le pedía que formara cuadros políticos revolucionarios, hoy (en Europa) se le exige que forme emprendedores… Si se le pide tanto a las instituciones educativas ¿No será que otras instituciones no están asumiendo sus funciones educativas?

9. ¿Quién fracasa entonces en el fracaso escolar? Explica Martín Aduriz: “no podemos robar la responsabilidad a cada sujeto, a cada alumno en las decisiones que toma, incluida la de fracasar, la de permanecer desatento, la de negar lo que ignora, la de decidir ser hiperactivo o molestar, o reclamar privilegios de extraterritorialidad, o la de hacer de la queja su pasión”. El fracaso del alumno, como el del profesor, nos está diciendo algo. Martín Aduriz propone “no dejar en la estacada a alumnos que fracasan, privándoles de la verdad de su responsabilidad subjetiva…”.

10. Las medidas para reducir el fracaso escolar no han servido. Medidas como educación compensatoria, nuevos agrupamientos adecuados a cada nivel, postergar el tiempo de adquisición de aprendizajes –repetir curso-, aminorar el grado de cumplimiento de objetivos, multiplicar los responsables, introducir orientadores escolares, y otras no han servido para disminuir las cifras de fracaso escolar cuanto al contrario de aumentarlas. Martín Aduriz defiende su campo de intervención y lanza una propuesta: la escuela “está a falta del saber del psicoanálisis”.

En pocas palabras: el fracaso escolar es el fracaso de la escuela como institución social y no sólo de los alumnos que fracasan.

Una nueva posición narrativa para la evaluación

La evaluación debería dejar de ser una prueba final, definitoria, sometida a una sanción negativa o positiva. Eso está bien para ámbitos agonísticos como el deporte (a nadie le gusta que un partido termine en empate…) pero no para entornos que deberían formar para la colaboración inter-pares-. En las fábulas analizadas por Propp, además de la prueba final, estaban las pruebas que el sujeto iba superando a lo largo de su viaje; son estas pruebas las que forman al héroe, le permiten adquirir competencias y madurar como sujeto competente. No vendría mal que las evaluaciones educativas adquirieran este valor: evaluaciones no para sancionar sino para aprender.

Esta idea -el momento de la evaluación entendido siempre como un momento de aprendizaje- la implementábamos hace 25 años con Mercedes Pallavicini y el equipo de Teorías de la Comunicación en la Universidad Nacional de Rosario. En algunas instituciones escolares y universitarias se aplican de forma cotidiana, pero me temo que son la excepción (espero equivocarme). Como cualquier inventor o científico bien sabe, se aprende mucho del fracaso. Pero si la evaluación es considerada un momento de aprendizaje, el fracaso o el triunfo pasan a ser secundarios.

Cierre optmista

Quiero cerrar el post con este diálogo entre Eduard Punset y Curtis Johnson, el cual debe ser visto como una invitación a repensar los procesos de enseñanza-aprendizaje.

Con este post damos por terminado el 2011 en Hipermediaciones, pero seguiremos en el 2012 reflexionando sobre medios, comunicación, educación y tecnología. O sea, seguiremos pensando las hipermediaciones. Gracias por leernos y muchas felicidades para el 2012!

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