Yo no me caí del cielo,
pero sí de un bar muy triste.
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota
Existe un género llamado ciencia ficción. Cuando algunos relatos se alejan de la space opera tipo Star Wars para poner en movimiento las neuronas de los lectores o espectadores, empiezan a circular otras etiquetas, como ficción especulativa (Speculative Fiction). Algunos autores, para evitar quedar encuadrados en un género situado en las peligrosas fronteras del pulp, han optado por refugiarse en esa trinchera. Cuando las categorías tradicionales de fantasía, misterio, terror y ciencia ficción se quedan cortas, la ficción especulativa define mejor un tipo de narrativa amplia, abierta e imaginativa. Suena mejor. Pero no es la única etiqueta que evita acabar en la misma bolsa que el capitán Kirk y Flash Gordon. Cuando los relatos abordan cuestiones sociológicas, antropológicas, psicológicas o políticas, se hace referencia a la Social Science Fiction o Sociological Sci-Fi. Un poco más allá, los experimentos narrativos y mentales de autores como Ted Chiang o Stanislaw Lem podrían etiquetarse bajo el nombre de Philosophical Fiction (Phi-Fi).
Dicho esto, les informo que acaba de nacer un nuevo género: la teología especulativa (Speculative Theology).

Fuego
Todo comenzó con un artículo triple publicado por Agustín Fernández Mallo (AFM) a partir del número 46 de la revista Jot Down (marzo de 2024). El primer artículo se abre con el siguiente párrafo:
“Observamos la inteligencia artificial con la misma fascinación, promesa e impotencia con la que los humanos primitivos contemplaban el fuego, cuyas propiedades factuales se mezclaban sin demasiada distinción con el elemento mágico, mitológico e hipnótico que en su hacerse y deshacerse le es propio a las llamas.”
El mismo párrafo reaparece en El ángel de la Inteligencia Artificial (Galaxia Gutenberg, 2026), el libro de AFM que estamos reseñando. Así es, esta es una reseña de libro, por si no se enteraron.
El volumen se divide en cuatro secciones (Teología, Antropología, Física y Metafísica). La clave de lectura está en la primera, donde la metáfora del ángel caído genera una onda expansiva que afecta a todo lo que viene después. Como ya es habitual, AFM nos somete a un tour de force mental que hace crujir las sinapsis y nos obliga a pensar en modo transdisciplinario. A lo largo de todas sus obras -salvo, quizás, en Madre de corazón atómico-, AFM nos ha ido acostumbrando a los giros cuánticos y las metáforas posnewtonianas, pero en este libro todo eso llega en la segunda mitad, cuando ya nos hemos sumergido hasta perder de vista la luz solar en las aguas de la teología especulativa.
La caída del ángel
Hablemos de ángeles. Mientras el ángel tradicional funciona como intermediario obediente -una suerte de “interfaz oculta” que obedece a las órdenes de un Ser Superior-, el ángel caído adquiere voluntad propia. La “IA evolucionada” -así bautiza AFM a la AGI o a las superinteligencias futuras- podría convertirse metafóricamente en ese segundo tipo de entidad, “un ente no humano que, dotado de voluntad propia, se desprende de la entidad creadora a la que se hallaba sometido”. La cuestión decisiva sería, por tanto, el paso de una herramienta subordinada a un agente autónomo. Un ángel caído.

Pero AFM desconfía. La vida nace del error. Sin mutaciones no hay evolución. Sin ruido no hay creación de nueva información.
“No puede existir una forma de vida completamente autónoma, ni mucho menos un cerebro, que venga creado desde las prístinas instancias digitales del orbe exclusivamente matemático”.
Sin los departamentos de Computer Science y los laboratorios corporativos no habría IA, pero solo con ellos no es suficiente. Si en el futuro tenemos una “IA evolucionada y compleja”, vendrá de un cruce entre biología e informática.
Der Himmel über Berlin
A los distribuidores cinematográficos argentinos les encanta cambiar el nombre de las películas extranjeras. A veces la traducción sale ganando: esa maravilla que en España se conoce como La jungla de cristal (!), en el Río de la Plata es y será por siempre Duro de matar, un título que encaja mucho mejor con el original Die Hard. Otra maravilla, en este caso de Wim Wenders, que sufrió los avatares de la traducción interlingüística fue El cielo sobre Berlín (Der Himmel über Berlin), conocida en Argentina y Estados Unidos como Las alas del deseo (Wings of Desire). Una vuelta de tuerca freudiana a la historia de un ángel caído.
“Una IA maneja siempre la Historia, maneja el análisis y ordenación de unos datos que le son proporcionados, no maneja la Memoria, no maneja las sensaciones y la experiencia de tales datos. (…) Al igual que la Historia, razona a través de lenguajes y sólo lenguajes codificados previamente dados, y, por el contrario, la Memoria humana individual, eso que llamamos cerebro con una identidad, se forma además de con todos esos lenguajes con experiencias directas, sensaciones intransferibles, las cuales nunca pueden ser reducidas a un código.”
Prefiero recordar a Bruno Ganz interpretando al ángel caído Damiel y no al meme con bigotito golpeando la mesa frente a sus derrotados generales. Damiel decide abandonar la inmortalidad para vivir plenamente la humanidad, sufriendo y gozando cada minuto como corresponde, consciente de su propia muerte y sin dejar de saborear un buen café o frotarse las manos para calentarlas en invierno.

En cambio, el ángel caído de AFM, liberado de los dioses que lo tenían esclavizado (o sea, nosotros), presentará “otra clase de pensamiento”, será una forma de vida “no humana totalmente desconocida e inimaginable para nosotros”. Si en Der Himmel über Berlin el ángel caído iba en búsqueda de las experiencias humanas, la IA evolucionada “no podrá experimentar cosas tales como la angustia o el gozo de saber que algún día, con probabilidad de certeza, morirá”. Serán máquinas inmortales, con mucha Historia datificada procesada en sus entrañas pero sin Memoria.
Abducción
El mal que aqueja a la IA es la abducción. Las primeras IA simbólicas fueron especialmente eficaces en operaciones deductivas, mientras que las actuales IA generativas y predictivas explotan enormes cantidades de datos para identificar regularidades y producir inferencias. Pueden incluso generar hipótesis plausibles ante un problema, pero otra cuestión es si eso equivale a la abducción en sentido fuerte: ese salto creativo que, ante un hecho inesperado, imagina una explicación posible y se arriesga a formular una conjetura nueva. Ahí sigue estando uno de los grandes desafíos de las inteligencias artificiales. Lo escribí aquí mismo hace tres años:
“Muchas limitaciones de los sistemas de inteligencia artificial contemporáneos tienen una raíz lógica-semiótica y radican en la dificultad que demuestran a la hora de reproducir las operaciones de la máquina abductiva más compleja jamás construida: el cerebro humano. Mientras tanto, tenemos que conformarnos con poderosas máquinas inductivas basadas en el big data y el poder de procesamiento cada vez mayor de nuestras computadoras”.
AFM se suma a esta idea. Teoría y experiencia son dos universos que nunca terminan de unirse. Si la deducción tiene exceso de teoría, a la inducción le sobra experiencia. La máquina puede simular con enorme eficacia cierta discursividad humana e incluso proponer explicaciones inesperadas, pero la cuestión sigue abierta: ¿puede convertir el error, la anomalía o el acontecimiento imprevisto en el punto de partida de una auténtica conjetura? Para AFM, una IA verdaderamente evolucionada debería ser capaz de realizar inferencias abductivas.
“Sin error no hay ruido, y sin ruido no hay material autónomo realmente existente (…) Es por eso que una hipotética IA evolucionada tarde o temprano deberá pasar por tener en cuenta lo abductivo.”
Con los datos, por más big que sean, no alcanza. Para avanzar “hay que lanzar conjeturas” a lo Copérnico, corriendo el riesgo de que sean erróneas. Las primitivas IA que nos rodean pueden detenerse ante el error o buscar otro camino, pero no hacen del error una experiencia creativa ni reflexionan sobre él como hacemos los humanos.
Del Test de Turing al Test del Dr. House
¿Qué es El ángel de la Inteligencia Artificial? ¿Es un ensayo? ¿Una novela? Como ya dije, el libro es un ejercicio de teología especulativa, un inmenso what if que nos confronta, desde una perspectiva inesperada, con unas hipotéticas entidades con las cuales deberemos aprender a convivir.

El libro es en sí mismo una máquina de generar metáforas. A partir de la metáfora-madre –la IA evolucionada como ángel caído– se desprenden infinidad de analogías a la velocidad de la luz: la IA como performance, la IA como acontecimiento atlético, la IA como contracultura, la IA como máquina musical incapaz de desafinar, la IA como un bárbaro que llega de más allá de la frontera para desafiar nuestra civilización, la IA como souvenir, la IA como un cuerpo que mastica energía, materia y datos, la IA como juez, acusado y testigo, la IA como Frankenstein metatextual armado con trozos de otros cuerpos significantes, la IA como estadística total. La IA como milagro.
“La metáfora promete una infinita polisemia, no un seco etcétera. Es por ello que las buenas ficciones parecen no haber sido ‘hechas’ o ‘elaboradas’, sino haber sido ‘creadas’ de golpe de una vez. No se ven sus costuras ni sus límites, no se ven sus etcéteras.”
El juego metafórico es reversible. El Estado como primitiva inteligencia artificial, la religión como Frankenstein, el ángel como interfaz, el universo como agujero negro, el universo como holograma, el Estado como gran algoritmo. Nos quedamos en el Estado.
“Todo conjunto de datos, para poder ser interpretados y manipulados necesitan de una teoría -una secuencia de instrucciones guiadas por alguna ideología política- que los ‘algoritmice’.»
El Estado biopolítico, ese gran ángel caído de la primera Modernidad, ya fue. Ahora no debe lidiar contra los bárbaros incivilizados sino con los mercados. ¿Y en qué se parecen un mercado y las inteligencias artificiales? En que ambos son descentralizados y se autoorganizan. Entidades complejas que evolucionan y dan lugar a fenómenos emergentes. Y, como escribe AFM, si algo evoluciona es porque está operando el algoritmo Made in Darwin: copia + error positivo. Nuestra mayor equivocación quizá sea esta: considerar a las inteligencias artificiales una divinidad que caerá sobre la Tierra el Día de la Singularidad. Máquinas entrenadas para ser “cerebros sanamente perfectos”, cuando el error -o sea, la enfermedad- es inherente a la vida humana.
“Un IA será una verdadera IA no el día en el que iguale o supere la excelencia humana sino el día en que padezca enfermedades humanas.”
También lo será el día en que tenga autoconciencia, sepa improvisar, pueda ponerse en el lugar del otro, aprenda a especular o a pensar en términos de contrafactualidad.
Utopía/distopía en 6 tuits
“La distopía es algo potencialmente existente, y la utopía, no.”
“Toda distopía es una utopía que salió mal.”
“Buscar denodadamente utopías no puede conducir sino a los tan temidos distópicos escenarios.”
“La evolución humana es ese estado de permanente crisis que algunos llaman distopía.”
“Pensar la utopía como oposición a la distopía es hacerlo en términos que vienen de un pensamiento que ya no tiene vigencia, un pensamiento determinista, mecanicista, newtoniano, heredero de una concepción lineal del tiempo.”
“Lo que es utopía para unos, es distopía para otros.” (sí, AFM está pensando en el anarcocapitalismo de Javier Milei).
El ángel de la Inteligencia Artificial
Estamos en el momentum Frankenstein (o Galatea, si prefieren): lo creado está a punto de elevarse por encima del creador. No es casual que los profetas de la Singularidad como Ray Kurzweil enuncien discursos de tintes religiosos o que Peter Thiel haya convertido la figura del Anticristo en objeto de conferencias y especulación político-teológica. Es más: para AFM, la ciencia detrás de la IA se mueve por carriles discursivos e ideológicos similares.
“La investigación en IA ha sido conducida siempre por una suerte de teleología, de objetivo final más religioso que realista, y en numerosas ocasiones acrítico del mismo modo que carecen de crítica los dogmas.»
Vuelvo a preguntármelo: ¿Qué es este libro? ¿Es un ensayo? ¿Una novela? ¿Un hipercubo? ¿Existe AFM o es una IA generativa bien camuflada? El ángel de la Inteligencia Artificial es semiosis ilimitada en estado puro, un ejercicio abductivo -eso que una IA todavía no puede hacer- donde un signo lleva a un signo lleva a un signo, y una metáfora lleva a una metáfora lleva a una metáfora.

Da la impresión de que las IA generativas, esas máquinas hambrientas de textos que producen semiosis (“lo importante es la estructura y el modo en que los componentes se hallan conectados, no la potencia o la capacidad de cada componente en sí”), encontraron un cerebro humano a su altura, que consume mucha menos energía y no necesita un centro de datos sediento de agua, electricidad y terrenos baratos.
Vuelvo al hipercubo. No porque Richard Feynman lo inventara -el objeto matemático venía de mucho antes-, sino porque estuvo involucrado en uno de los proyectos informáticos que mejor explotaron esa geometría: la Connection Machine, una arquitectura masivamente paralela en la que miles de procesadores podían trabajar simultáneamente. La imagen viene bien para AFM. Su escritura parece funcionar de manera parecida: conceptos procedentes de la teología, la física, la literatura, la biología, la filosofía o la computación se activan en paralelo, establecen conexiones inesperadas y terminan generando otra cosa. Un hipercubo semántico.
“En el pensamiento metafórico, la metáfora no es otra cosa que un especie de ‘hipercubo de la semántica’, la metáfora coge prestado un concepto asociado a un objeto y lo duplica parcialmente en otro objeto para dar como resultado un todo nuevo.”
(Una última metáfora: AFM es como una Inteligencia Flesh and Bones abductiva entrenada con toneladas de materia textual muy variada, desde obras literarias y piezas filosóficas sobre Ontología Orientada a Objetos hasta tratados de física posnewtoniana, comunicaciones a congresos de biología molecular, el Segundo Principio de la Termodinámica, el penúltimo libro sobre teoría de las cuerdas o el Tratado de Versalles, lo más parecido a esas famélicas máquinas que hoy se devoran todo lo que esconden las viejas librerías de usados después de procesar todo lo que había disponible en las redes).
“Quizás la inteligencia humana y la inteligencia de las máquinas sean, sencillamente, cosas diferentes, objetos y creaciones que no necesitan suplantarse ni rivalizar la una con la otra.”
De todas formas, el “susto conceptual” de su llegada será tremendo.
Caída
Algún día las inteligencias artificiales podrían “generar sus propias comunidades”. No sabemos si serán accesibles a nuestros sentidos y a nuestros instrumentos de medida o si, a diferencia de Damiel, el ángel caído que decidió convertirse en humano un par de años antes de la caída del Muro de Berlín, se “habrán fugado de nuestra humanidad”. ¿Cohabitaremos en un mundo humano con ellas o estaremos subordinados en un entorno creado por las inteligencias artificiales? No lo olvidemos: la cohabitación en igualdad de condiciones jurídicas y materiales, “excepto en la ficción, no puede darse”.
Hasta aquí llegamos.
Volvemos al mundo real del ChatGPT, Sam Altman y los enjambres de agentes liberados haciendo de las suyas. Por fortuna, nos recuerda AFM, «la realidad siempre es más rica que la ficción”, una frase que sigue flotando mientras cerramos este ¿ensayo? ¿novela? ¿hipercubo? de teología especulativa y esperamos la inminente caída del ángel.
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