El volcán del fin del mundo.

Estamos en un momento de la historia donde se extiende la sensación de que el mundo en que vivíamos -con sus urgencias, obsesiones, esperanzas y ritmos- se derrite como un alfajor Havanna de chocolate Dubai en pleno verano europeo (me pasó hace unos días, es horrible). Los discursos apocalípticos proliferan en los medios, en los entornos académicos y en las charlas de sobremesa. Y, siempre viene bien recordarlo, esos discursos venden mucho (libros, kits de supervivencia, terrenos en la Cordillera de los Andes, etc.) y atraen a las audiencias. Es como si el viejo principio periodístico -«las malas noticias venden más que las buenas«- hubiera sido llevado hasta sus últimas consecuencias. Hace hace unos años circulaba la frase “a coger/follar que se acaba el mundo”. Ahora, ni eso.

La idea del fin del mundo tiene cara de algoritmo, avanza a paso de ganso y suda la gota gorda del cambio climático. Lo aclaro: tanto la acelerada difusión de las inteligencias artificiales como la no menos rápida degradación de las condiciones planetarias son procesos preocupantes y exigen intervenciones urgentes, por no hablar del avance de los partidos autoritarios en todas las latitudes. Hasta ahora, las acciones para contrarrestar todos esos procesos han sido limitadas y llegan tarde. Pero hoy me interesa hablar de otra cosa. Me pregunto: en la larga historia de los sapiens: ¿hubo alguna vez un momento donde la sensación de fin (de una época, del mundo) se expresara simultáneamente en el plano tecnológico, político y climático?

Lejos de la revolución

En 1815, después de más de veinte años de guerras, Europa se encontraba con sus campos sembrados de cadáveres caídos en combate, las finanzas exhaustas y millones de vidas trastornadas. Las colonias americanas supieron aprovechar el momentum para independizarse.

La batalla de Waterloo (1815) William Sadler II

Cuando la derrota de Napoleón en Waterloo (18 de junio de 1815) cerró el ciclo abierto por la Revolución Francesa y permitió a las grandes potencias reimponer un orden basado en el equilibrio territorial y la legitimidad monárquica, las colonias americanas ya estaban en otra pantalla. En Argentina, por ejemplo, el Congreso de Tucumán que declararía la independencia había sido convocado formalmente en abril del mismo año.

En otro congreso, el de Viena (1814-15), las potencias vencedoras recompusieron fronteras y restauraron las dinastías, mientras las aspiraciones liberales y burguesas quedaban subordinadas a la estabilidad de los tronos. Los Borbones regresaron a Francia; en España, Fernando VII anuló la Constitución de Cádiz y recuperó el poder. La revolución parecía derrotada, aunque sus ideas seguían circulando entre militares, estudiantes, escritores y sociedades secretas. Para quienes habían esperado libertad y reformas, la Restauración abrió un horizonte de desencanto, censura y persecución. Un panorama oscuro para las libertades ganadas a golpes de puebladas y guillotina.

Pero la paz tampoco garantizó la tranquilidad material: la desmovilización de los ejércitos y la contracción de los negocios ligados a la guerra agravaron el desempleo y la inseguridad. Y encima, las máquinas estaban llevando a cabo otra revolución desde Gran Bretaña.

La rebelión contra las máquinas

El ludismo irrumpió en Inglaterra en 1811, en plena guerra contra Napoleón, cuando el encarecimiento de los alimentos y la inseguridad laboral castigaban a las comunidades textiles. Sus protagonistas eran tejedores, fabricantes de medias y trabajadores especializados en el acabado de paños, que veían peligrar sus salarios y el valor de sus conocimientos. La introducción de maquinaria, junto con prácticas empresariales que abarataban el trabajo y erosionaban las reglas del oficio, amenazaba su subsistencia. Bajo el nombre del legendario Ned Ludd, un líder imaginario y colectivo que firmaba las proclamas, organizaron redes clandestinas sostenidas por vínculos de vecindad, trabajo y solidaridad. El branding revolucionario funcionó demasiado bien: todavía hoy, dos siglos más tarde, se habla de ellos.

“El ludismo se desarrolló dentro del contexto de la Revolución Industrial y no expresaba un deseo de quedar al margen de ella” – Malcolm I. Thomis (1970) The Luddites: Machine-Breaking in Regency England

Las acciones de los luditas adoptaron diferentes estrategias. En Nottinghamshire, grupos de trabajadores irrumpían en talleres y destruían bastidores de hacer medias. En Yorkshire, los tundidores -que se dedicaban a ‘afeitar’ los paños- atacaban máquinas que mecanizaban el acabado de las telas y reducían la necesidad de su trabajo especializado. En abril de 1812, el asalto a la fábrica de Rawfolds encontró una defensa armada que obligó a los atacantes a retirarse. Las incursiones nocturnas, las cartas amenazantes y los juramentos secretos daban cohesión a la protesta y dificultaban las investigaciones. El Gobierno desplegó tropas, recurrió a informantes y endureció las penas: la represión desembocó en ejecuciones y deportaciones a colonias penales. Con las máquinas no se jodía.

“La imagen convencional del ludismo de aquellos años como una oposición ciega a la maquinaria en sí resulta cada vez menos sostenible” – E. P. Thompson (1963) The Making of the English Working Class

La caricatura que se hizo del ludismo como una rebelión ignorante contra el progreso oculta los conflictos y complejidades que lo impulsaron. Trabajos como los de E.P. Thompson y M. Thomis cuestionan esa imagen de revolucionarios enceguecidos frente a las máquinas. En todo caso, la destrucción de los medios de producción fue una respuesta a las transformaciones que amenazaban los salarios, los saberes y la autonomía de los sujetos. Los trabajadores disputaban, a su manera y con lo que tenían a mano, las condiciones del cambio tecnológico y defendían su capacidad para intervenir en ese proceso.

Bajo el volcán

En abril de 1815, mientras Europa se preparaba para el último enfrentamiento con Napoleón, una montaña estalló al otro lado del mundo. El volcán Tambora, en la isla de Sumbawa, en la actual Indonesia, alcanzó su máxima violencia entre el 10 y el 11 de abril. Las explosiones se escucharon a cientos de kilómetros; torrentes de gases, cenizas y rocas arrasaron varias poblaciones y los cultivos. Miles de personas murieron durante la erupción y muchas más sucumbieron después al hambre y las enfermedades. La catástrofe desbordó pronto el archipiélago: el azufre inyectado en la estratosfera formó aerosoles que reflejaron parte de la radiación solar y enfriaron temporalmente el planeta. Como una explosión nuclear, pero sin silos donde acovacharse.

“Fuera de la vista y del pensamiento, Tambora fue el bombardero furtivo volcánico de comienzos del siglo XIX” – Wood, G.D. (2014) Tambora: The Eruption That Changed the World

En julio de 1816, al mismo tiempo que en Tucumán se firmaba el Acta de Independencia de las Provincias Unidas en Sud-América, se producía en el hemisferio norte el llamado “año sin verano”. Un frío anómalo, lluvias persistentes y heladas fuera de estación castigaron diferentes regiones de Europa y Norteamérica. Las cosechas se perdieron, los alimentos se encarecieron y numerosas familias tuvieron que emigrar. En una Europa lacerada por las guerras, la perturbación climática agravó la pobreza y generó no pocos disturbios. Sin conocer todavía la conexión con el lejano volcán, algunos interpretaron aquellos cielos oscuros y trastornados como señales del castigo divino. El fin del mundo.

“La erupción del Tambora sirvió como un gran experimento en ámbitos donde normalmente no podemos realizar experimentos: la economía, la cultura y la política” – W. Behringer (2019) Tambora and the Year Without a Summer: How a Volcano Plunged the World into Crisis

El apocalipticismo se respiraba en las calles. En esos días circuló por Europa la llamada “profecía de Bolonia”, atribuida a un astrónomo anónimo: las manchas solares anunciaban una catástrofe que acabaría con el mundo el 18 de julio. Periódicos y panfletos propagaron el rumor entre poblaciones inquietas por el frío y las malas cosechas, por no hablar de los líos políticos y militares. En París se vendían impresos sobre el fin del mundo; desde otras ciudades llegaban relatos de pánico y fervor religioso. Un diario de la época recogió incluso el suicidio de una mujer, atribuido al miedo a la predicción. La prensa seria alternaba la alarma y la burla, amplificando el mismo anuncio que pretendía desacreditar.

No forcemos la máquina. Más allá de la coincidencia temporal, no hay ninguna relación causal entre las acciones luditas en Manchester y el aleteo del volcán Tambora en la isla de Sumbawa a 12.713 kilómetros de distancia. Fueron dos procesos independientes, pero sus efectos sí se solaparon y se realimentaron con lo que estaba pasando en Europa y el Nuevo Mundo para generar un clima apocalíptico. El fin de una era.

«Tuve un sueño, que no era del todo un sueño. / El brillante sol se había extinguido, y las estrellas / vagaban oscurecidas en el espacio eterno, / sin rayos, sin senderos, y la tierra helada / oscilaba ciega y ennegrecida en el aire sin luna…» – Lord Byron (1816) Darkness

El Vesubio en erupción (1817) – J.M.W. Turner

El oscuro verano de 1816 dejó huellas en la imaginación romántica. Junto al lago de Ginebra, Byron escribió Darkness, un poema donde el sol se extingue y la humanidad sucumbe al hambre y la violencia. En las reuniones de Villa Diodati, favorecidas por las persistentes  lluvias, propuso escribir historias de fantasmas. De aquel desafío nació el germen de Frankenstein, publicado por Mary Shelley en 1818. El clima perturbado -nunca mejor dicho- era el marco ideal para que se escribieran ambas obras. Pero los “cielos de azufre” también encontraron eco en la pintura. Los aerosoles volcánicos, que alteraron la luz y acentuaron los tonos rojizos y anaranjados de los crepúsculos, aparecen una y otras vez en las obras de William Turner y Caspar David Friedrich.

Apocalipsis conjuntas

Si bien el ludismo digital goza de buena prensa, solo en los memes los empleados tiran computadoras por la ventana de la oficina. La supervivencia del ludismo es sobre todo discursiva y cultural. Por ejemplo, en Sangre en las máquinas (Capitán Swing, 2025) Brian Merchant lo recupera para examinar cómo las grandes tecnológicas reorganizan el trabajo y concentran poder. Su lectura conecta a los artesanos textiles del siglo XIX con quienes afrontan hoy la automatización y la IA: trabajadores cuyos conocimientos pierden valor mientras otros capturan los beneficios de la innovación. Por su parte, el enfriamiento volcánico generado por Tambora fue transitorio; el calentamiento actual procede principalmente de las emisiones humanas de gases de efecto invernadero y todo hace pensar que vino para quedarse. Este cambio abrupto en la temperatura pone a hervir la olla donde se cocinan las narratividades apocalípticas, sazonadas ahora con malvados algoritmos y los peores fantasmas políticos del pasado .

Lo he dicho una y otra vez: no hay nada más reaccionario que un discurso apocalíptico. Si no hay futuro y las cartas están echadas, no existe ninguna posibilidad de acción. Para los apocalípticos el futuro ya está escrito. El éxito de las narrativas que solo vislumbran un final para nuestra especie solo sirven para inhibir la gestión de las grandes transformaciones que estamos viviendo. El error de buena parte de los “discursos críticos” sobre las transformaciones planetarias y tecnológicas es que se refugian en el bunker apocalíptico para no salir y afrontar la situación. La idea de un desenlace inevitable es profundamente conservadora. La gravedad de los desafíos que debemos enfrentar reclaman acciones a que estén a su altura. Las imágenes de un apocalipsis inexorable solo terminan borrando cualquier posibilidad de pensar otros futuros posibles.

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