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La calidad de un libro es directamente proporcional a la cantidad de anotaciones marginales y frases subrayadas que nos deja su lectura. Hoy voy a hablar de un volumen cuyos márgenes me quedaron apretados para transcribir todos los apuntes e ideas que me iban surgiendo mientras lo leía: me refiero a “El Lectoespectador” de Vicente Luis Mora. Es uno de los libros más interesantes que leído últimamente por los temas que aborda, la riqueza intertextual en que se basan las interpretaciones de VLM y las asociaciones de ideas que genera.

VLM es autor de varias novelas (como “Alba Cromm“) pero sobre todo es muy conocido por su Diario de Lecturas, un blog de referencia en Hispanoamérica. No cuesta mucho situarlo en una nueva generación de pensadores españoles afterpop alimentados a golpe de nocilla. Nuevas textualidades para nuevos pensamientos.

VLM propone un diccionario para entender lo nuevo: Pangea, homo pangeicus, internexto, textovisual, imagolectura, googliteratura … lectoespectador. Ya desde las primeras páginas VLM coquetea con medio panteón intelectual (McLuhan, Eco, Hegel, Vattimo, Baricco, Clifford, Luhmann, Marcuse, y un largo etc. en el cual también aflora una cita de Beatriz Sarlo) para hablar de la tecnología, los medios y la percepción fractal. Sin embargo es en la parte central del libro, cuando VLM se mete a fondo con las “nuevas tecnologías narrativas” en un capítulo titulado “Literatura textovisual en Pangea”, que el autor se encuentra en su salsa. ¿Y cuál es esa salsa? La crítica tecnoliteraria. Es aquí donde el libro estalla y los márgenes me quedaron chicos a la hora de apuntar las cosas que me venían a la cabeza.

VLM se planta frente a Nicholas Carr y afirma que “ver el mundo al modo tradicional, sin Internet, es ver mucho menos” (p. 54). Los escritores y los intelectuales en general han vivido de espaldas a la tecnología: si dejamos las excepciones de lado – William Burroughs, los autores de ciencia ficción, los “cyberpunks”, etc.- nos encontramos con que “la mayoría de los autores muestra desinterés o penas desarrolla un uso marginal” de las tecnologías. En realidad, yo diría que se quedan anclados en las tecnologías del pasado -el papel, el bolígrafo, la máquina de escribir- pero que, con son viejas tecnologías naturalizadas, no las identifican como tales.

A partir de aquí VLM se (nos) divierte con decenas de ejemplos donde el arte, la ciencia y la tecnología se recombinan para dar lugar a nuevas narrativas: “las experiencias artísticas de la actualidad son cada vez más multidisplinares y tienden a aglutinar en sí la poderosa iconicidad de los medios de comunicación de masas” (p. 61). En este campo el gran desafío es ir más allá de la oposición entre palabra versus imagen y pasar a contar con todo el arsenal icónico-textual. Si algunos autores como Sebald incorporaron humildemente un par de fotos en sus libros, otros van mucho más allá y hacen explotar el relato en experiencias visuales interactivas.

Y acá viene otra de las ideas fuertes del libro: el narrador es una interfaz. Si las novelas “son máquinas de contar, el narrador es quien media entre el lector y el libro, el que nos abre las puertas de la historia (…) El narrador de un libro visto como interfaz puede ser ahora mismo una metáfora, salvo en los hipertextos y libros digitales, pero pronto habrá que acostumbrarse” a ir mucho más allá de “la versión electrónica del libro del papel”. Y remata VLM: “desperdiciar las nuevas posibilidades para contar historias es tan desafortunado como aprovecharlas mal” (p. 64).

El desplazamiento que plantea esta idea (de considerar al libro como interfaz tecnológica a atribuirle ese papel al narrador) es interesante y confirma una vez más la flexibilidad del concepto de interfaz. Gran parte de mis investigaciones de los últimos años, además de las ya conocidas sobre las narrativas transmediáticas, apuntan al estudio de la ecología/evolución de las interfaces. La reflexión de VLM seguramente realimentará estas investigaciones.

Contar con todos los recursos implica contar para nuevos lectores. Según VLM “el lector 2.0 recibirá complacido una obra cuyos límites pueden ser sólo los de la imaginación del escritor para permitir y los del propio lectoespectador para imaginar y/o completar la experiencia de la imagolectura” (p. 66). Se abre “un nuevo modo de concebir qué puede ser literatura en el siglo que acabamos de comenzar” (p. 66).

Entre las experiencias más interesantes VLM nos presenta “House of Leaves” de Danielewski (ver imagen) o “Nocilla Lab” de Agustín Fernández Mallo. El concepto de “pantpágina” -o sea, páginas de libros que simulan ser pantallas, con textos fragmentados y ventanas superpuestas- es estimulante. Desde hace años vengo recopilando experiencias de contaminación entre medios y lenguajes, y el libro de VLM me ayuda a completar ese mapa con muchos ejemplos provenientes de las obras literarias contemporáneas. VLM no tiene dudas: “la página del libro se ha convertido en una pantalla” (p. 107). Me queda flotando una pregunta: ¿Será “House of Leaves” el equivalente de “Afternoon” de Michael Joyce, o sea una obra que pocos leyeron pero que todos terminaron analizando y citando? (ver mi artículo “Por un puñado de hipertextos” del 2000).

¿Cómo será la novela del futuro? “La novela por venir debe hacer lo que en su tiempo hizo la novela moderna: algo tan importante como darse cuenta de que el mundo había cambiado, que los valores establecidos ya no valían y que era necesario un nuevo paradigma estético” (p. 95). Todavía no existe “un Shakespeare o un Cervantes del hipertexto” pero la literatura hipertextual pensada para el soporte digital tuvo un efecto positivo en los escritores tradicionales: les abrió las puertas a “las nuevas tecnologías narrativas” (p. 97).

Vale la pena confrontar/comparar la mirada de VLM con la entrevista que revista “Ñ” hizo a Ricardo Piglia. Dice el autor argentino: “Hay una discusión sobre las nuevas tecnologías que genera una serie de perspectivas poéticas, nuevos textos. Pero hay que tener cuidado con la mirada eufórica sobre ellas porque tienen una dinámica que no es la de la cultura. Es una periodización rápida, que envejece inmediatamente formas anteriores, estetizando lo que envejece. Yo decía en broma que pronto habrá una gran retrospectiva de Twitter en el Louvre…”. Está claro que nos encontramos de frente a dos concepciones de la narrativa: una de corte exclusivamente literario, impresa en papel, hasta cierto punto estática, y otra fluída, donde se cuenta con todos los medios (transmedia) en un entorno digitalizado en red.

Continuará.

Bonus tracks:
– Reseña de Álvaro Valverde
– Reseña de Enrique Lynch
– Reseña de Alberto Santamaría
Las dos últimas reseñas son bastante críticas, especialmente la de Lynch, pero me parecen ejemplificadoras de las respuestas y debates que puede generar un texto como el del VLM en la comunidad literaria.

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