Otra vez sopa: la crisis de la universidad.

No solo en Caracas o Groenlandia: también en la universidad están pasando demasiado cosas raras. Las señales que emiten las universidades estadounidenses tienen ecos propios en el ecosistema español y europeo. Mal que le pese a algunos, la globalización es un fenómeno que va más allá de los intercambios comerciales y las tarifas. El estornudo de un decano en un college de Minnesota puede estar anunciando un huracán en el viejo continente.

Hace 12 años coordiné un proyecto de investigación interno de la Universitat Pompeu Fabra financiado por el Centro para la Calidad y la Innovación Docente (CQUID). En esa época el CQUID, además de promover la investigación en cuestiones docentes y pedagógicas, ofrecía cursos y actividades de formación para los profesores de la UPF; al mismo tiempo, fomentaba el uso creativo de las tecnologías digitales dentro y fuera del aula. En el proyecto #UPF2020 Diseñar la universidad del futuro -a partir de aquí #UPF2020– participaron dos colegas del Departamento de Comunicación, Maria Jose Masanet Ilaria di Bonito, y dos colaboradores externos.

El proyecto no era otra cosa que un intento de ir más allá de ciertos lugares comunes y discursos banales sobre la universidad. Después de #UPF2020 no volví a investigar ni escribir sobre estos temas, ya sea por aburrimiento –cada vez que la palabra innovación aparece junto a universidad muere un gorrión en Cambridge– como por una sensación de inutilidad. Creo que mientras más se habla de cambiar un ámbito de la vida humana, menos se transforma. A partir de un par de lecturas de estos días, me interesa recuperar algunas reflexiones del proyecto #UPF2020 y condimentarlas con señales de alerta que llegan del otro lado del Atlántico.

#UPF2020 (I)

El informe final de #UPF2020, publicado en 2014, comenzaba así:

El objetivo del proyecto #UPF2020 fue analizar la situación de las prácticas de enseñanza-aprendizaje en la universidad. Las instituciones tradicionalmente encargadas de la formación y la creación de conocimientos –desde la escuela hasta la universidad- atravesaban un momento caracterizado por la falta de adaptación a un ecosistema cultural hipertecnológico y muy dinámico. Se podría decir que la universidad, una institución medieval con un milenio de historia, tiene problemas de sintonía con la sociedad contemporánea. La crisis económica, en este contexto, es solo un condimento más a una crisis existencial de la institución tradicionalmente dedicada a la formación superior.

En ese momento cualquier discurso que se hiciera sobre las universidades españolas estaba saturado por dos constricciones: el proceso de Bolonia y la crisis económica. Estos dos frames obligaban a utilizar ciertas ideas y palabras al mismo tiempo que limitaban la capacidad de reflexión de/sobre la institución. Si se hablaba la lengua de Bolonia, el discurso se llenaba de referencias a los competencias, grados, EEES, postgrados, planes de estudio, etc. En cambio, si se hablaba la lengua de la crisis, el discurso apelaba a conceptos como recortes, reducciones, presupuestos, etc. Pero por entonces otros discursos también emergían en las conversaciones universitarias.

En la universidad también se habla mucho de innovación y emprendimiento. Estos discursos se han generalizado a tal punto que, hoy, muchos universitarios, en diferentes niveles de gestión, hablan de la creación de start ups y de relaciones con el mundo de los emprendedores. Hablar de esto es cool y genera una sensación de sintonía con la sociedad. Aun así, en la mayoría de los casos, se trata de discursos vacíos, repetidos hasta el agotamiento y que, en realidad, aportan pocas transformaciones reales a la institución. A lo largo del presente informe, se ha evitado al máximo posible hablar de innovación. Creemos que, en lugar de repetir discursos “innovadores”, es necesario repensar la institución universitaria from scratch. Solo a partir de un cambio discursivo será posible poner las bases para el desarrollo de prácticas universitarias realmente transformadoras, más allá de las repetidas (y a menudo infructuosas) apelaciones a la innovación y el emprendimiento.

Por más que intentáramos decir cosas diferentes, el informe del proyecto #UPF2020 terminó siendo parte de esa sopa cada vez más intomable donde se cruzan diagnósticos despiadados, discursos motivadores y propuestas cargadas de buenas intenciones para cambiar la universidad. La experiencia demuestra que, en el mejor de los casos, las propuestas más innovadoras pueden tardar años en implementarse, y cuando llegan, llegan tarde.

Aulas vacías, conversaciones silenciosas y notas altas

Un artículo de Anemona Hartocollis publicado en The New York Times a fines de 2025 (Harvard Students Skip Class and Still Get High Grades, Faculty Say) alertaba que los estudiantes no iban a clase y, cuando lo hacían, se mantenían en silencio.

Harvard University is one of the most difficult schools to gain admission to, with the school turning away some 97 percent of applicants every year. But once they get in, many of its students skip class and fail to do the reading, according to the Classroom Social Compact Committee, a group of seven faculty members that produced a report on Harvard’s classroom culture that has been fueling debate since it was released in January. When they do show up for class, they are focused on their devices, and are reluctant to speak out. Sometimes it is because they are afraid of sharing ideas that others will disagree with. But often, they have not read enough of the homework to make a meaningful contribution, the report continued. Rampant grade inflation allows them to coast through anyway, it concluded.

La ausencia de los estudiantes en las aulas, al menos en Estados Unidos, parece ser una consecuencia de la pandemia. Después de la cuarentena quedó la costumbre de grabar las clases, por lo que los estudiantes prefieren verlas off line y evitar trasladarse a la universidad. En las universidades públicas se suma otro elemento: cada vez más los estudiantes deben compatibilizar las clases con un trabajo. Es una lástima: las mejores cosas de la universidad suelen pasar fuera del aula.

Respecto a la situación en España, me comentan algunos colegas que en ciertas carreras -como Derecho- la asistencia ha disminuido de forma evidente y no es porque se graben las sesiones. En mis clases, la asistencia suele ser relativamente buena pero varía en función de los temas tratados y actividades previstas. Sin embargo, en las asignaturas de grado siempre existe un porcentaje de estudiantes que no se hace ver seguido por el aula. Ignoro si hay estudios empíricos que aborden la cuestión.

Respecto a la baja participación en el aula, en Estados Unidos los debates ideológicos y la cultura de la cancelación han enrarecido el clima conversacional. En España, el silencio en las aulas se arrastra desde hace décadas y es parte de la cultura universitaria. Cualquier profesor que haya enseñado en América Latina u otras latitudes ha detectado lo mismo y nota la diferencia: en España poca gente se anima a abrir la boca dentro del aula. Por otra parte, la falta de interacción no afecta solo al estudiantado. En muchas asambleas de profesores o reuniones de trabajo, cuando llega el «turno abierto de preguntas», no pocos participantes miran el reloj para ir levantando vuelo.

Hay otro elemento muy sugestivo que emerge del artículo en The New York Times: la inflación en las notas. Los estudiantes van cada vez menos a clase, y cuando van no participan ni prestan mucha atención porque están mirando el móvil. Sin embargo, las notas siguen subiendo y todos aprueban. Los motivos, como siempre, son varios.

Grade inflation, already a serious problem before the pandemic, has soared, according to Amanda Claybaugh, Harvard’s dean of undergraduate education. In 2015, about 40 percent of grades awarded at the university were A’s; now the figure is about 60 percent, she said. Half of that increase happened during remote instruction. “Students are very worried about their future, and the faculty sympathize with that,” and try to make courses less stressful, Dr. Claybaugh said. Faculty members also worry about getting negative student evaluations if they are too tough in grading, the report says.

También ignoro si hay estudios empíricos en España sobre este tema. No costaría mucho procesar las notas de las asignaturas o finales en grados y postgrados para detectar una eventual tendencia inflacionaria en las valoraciones.

El artículo, finalmente, menciona algunas contramedidas que se están tomando del otro lado del Atlántico. Las medidas, en realidad, son retrosoluciones: tomar asistencia, prohibir los móviles…

Harvard and its professors have been trying to shift the undergraduate experience this fall, to turn its students into more open-minded and academically engaged people. Some instructors now take attendance. Students are being encouraged to take notes by hand, rather than on their phones or laptops, to avoid digital distractions. And to help students overcome fears about speaking up, professors are adopting rules that bar students from sharing what people say inside. Harvard is even quizzing students on their open-mindedness before they arrive. It added a new essay question to its application in 2024. It asks prospective students to write 150 words about a time when they strongly disagreed with someone.

#UPF2020 (II)

Regresemos al 2014. Los objetivos del proyecto #UPF2020 eran tres:

  • Proponer una serie de nuevas prácticas, formatos y experiencias educativas fáciles de aplicar a escala local, sustentadas en un discurso diferente y que se inspiren en una nueva concepción educativa e institucional.
  • Empezar a delinear un nuevo discurso de renovación universitaria más allá de las clásicas apelaciones a la innovación y el emprendimiento.
  • Hacer un mapa de actores, formatos y prácticas educativas disruptivas (dentro y fuera de las universidades).

A partir del material recogido durante las entrevistas en profundidad, una actividad de gamestorming y el análisis de una extensa documentación, destacamos 8 puntos que caracterizaban la situación en 2014 de la enseñanza universitaria en España y que representan un obstáculo a la hora de fomentar dinámicas transformadoras. Cada diagnóstico venía acompañado de una propuesta de cambio elaborada a partir de las contribuciones de los participantes.

Como apunté antes, por más que quisiéramos decir algo distinto caímos en el diagnóstico despiadado, los discursos motivadores y las propuestas cargadas de buenas intenciones. Si bien en la última década algunos de los puntos indicados han cambiado, una parte consistente de este diagnóstico sigue vigente. La universidad es una institución a la que le cuesta mucho cambiar. «Higher education by its nature is slow to change», escribe Jeffrey Selingo en el artículo que veremos a continuación. Por otra parte, y esto también hay que decirlo, si la universidad, como el dinosaurio de Monterroso, «todavía está ahí» después de un milenio, es porque ha sabido de alguna manera adaptarse al entorno. Pero ese entorno está cambiando cada vez más rápido, poniendo en jaque esa capacidad adaptativa de la universidad.

La educación en la era de las IA

Otro artículo, publicado esta semana en New York Magazine, abre otra caja de Pandora universitaria. El artículo se titula What is college in the age of AI for? y fue escrito por Jeffrey Selingo, autor deDream School: Finding the College That’s Right for You. En breve: si bien la emergencia de las inteligencias artificiales nos recuerda otros procesos de transformación sociotecnológica (como la aparición de la World Wide Web en los años 1990), los efectos colaterales de los LLM son mucho más profundos, rápidos y disruptivos. Además de hacer saltar por los aires los sistemas tradicionales de evaluación centrados en la producción textual, la difusión de las IA está poniendo en peligro los puestos de trabajos antes destinados a los juniors, o sea a los neograduados universitarios.

There were 15 percent fewer entry-level and internship job postings in 2025 than the year before, according to Handshake, a job-search platform popular with college students; meanwhile, applications per posting rose 26 percent. The unemployment rate for new college graduates was 5.7 percent in December, more than a full percentage point above the national average and higher even than what high-school graduates face. How much AI is to blame for the fragile entry-level job market is unclear. Several research studies show AI is hitting young college-educated workers disproportionately, but broader economic forces are part of the story, too. As Christine Cruzvergara, Handshake’s chief education-strategy officer, told me, AI isn’t “taking” jobs so much as employers are “choosing” to replace parts of jobs with automation rather than redesign roles around workers. “They’re replacing people instead of enabling their workforce,” she said. 

El impacto en los trabajadores senior parece no ser tan grave. Por ahora.

A study from Stanford’s Digital Economy Lab in August showed something quite different. Employment for Gen-Z college graduates in AI-affected jobs, such as software development and customer support, has fallen by 16 percent since late 2022. Meanwhile, more experienced workers in the same occupations aren’t feeling the same impact (at least not yet), said Erik Brynjolfsson, an economist who led the study. Why the difference? Senior workers, he told me, “learn tricks of the trade that maybe never get written down,” which allow them to better compete with AI than those new to a field who lack such “tacit knowledge.” For instance, that practical know-how might allow senior workers to better understand when AI is hallucinating, wrong, or simply not useful.

Los trabajadores con menos experiencia son los más afectados por la difusión de las IA. En el caso de los Estados Unidos, la inversión familiar en la formación universitaria de sus hijos e hijas es enorme. Sí, escribí «inversión»: cuanto más caro el college, mejores posiciones y sueldos estaban garantizados en el futuro. Eso se está acabando. No es casual que se hable de la higher education bubble in the US. El tema preocupa a las autoridades económicas al más alto nivel.

Just three years after ChatGPT’s release, the speed of AI’s disruption on the early career job market is even catching the attention of observers at the highest level of the economy. In September, Fed chair Jerome Powell flagged the “particular focus on young people coming out of college” when asked about AI’s effects on the labor market. Brynjolfsson told me that if current trends hold, the impact of AI will be “quite a bit more noticeable” by the time the next graduating class hits the job market this spring. Employers already see it coming: In a recent survey by the National Association of Colleges and Employers, nearly half of 200 employers rated the outlook for the class of 2026 as poor or fair, the most pessimistic outlook since the first year of the pandemic.

La crisis de empleo afecta también a los jóvenes que han estudiado carreras de computación. Hasta hace poco esas eran «carreras de futuro» y se promovían en desmedro de las humanidades y ciencias sociales. Ahora sus graduados parecen ser los primeros en ser afectados por la llegada de las IA.

Last year, the number of students majoring in comp-sci alone topped 170,000 — more than double the number from 2014, even as overall undergraduate enrollment fell. Many were responding to a steady drumbeat of advice from groups like Code.org and Girls Who Code, amplified by tech celebrities such as Bill Gates and Mark Zuckerberg and echoed by presidents from Barack Obama to Donald Trump, all urging young people to learn computer programming. Now, ironically, many of those same students are struggling to find work, as the entry-level positions they are seeking tend to be ones that are among the most affected by AI.

Universidad, futuro y discursos

En cada sociedad la universidad y el mercado laboral tienen rasgos propios que no facilitan la extrapolación de análisis y propuestas. Por ejemplo, durante años se intentó reproducir el exitoso ecosistema de Silicon Vally (o sus dinámicas empresariales) en otros países, con los resultados que conocemos. En el caso de España, sería ideal contar con datos integrados de asistencia a clases, notas parciales y finales de los estudiantes; también serían de ayuda estudios más profundos sobre la situación laboral de los jóvenes profesionales en la última década. Un buen ejemplo para comenzar a pensar es la Estadística de la inserció laboral de graduats i graduades universitaris elaborado por la Generalitat de Catalunya. Con toda esta información en la mano podríamos afinar el diagnóstico y pensar en acciones concretas dentro de las aulas.

La difusión de las IA llega en un momento en que la universidad todavía sigue lamiéndose las heridas de los recortes de la década anterior y sin solucionar muchos de los desafíos indicados en el informe #UPF2020. Pero el eslabón débil no es solo el universitario: como en cualquier interfaz en crisis, todos los actores son parte del problema (y, si se ponen las pilas, de la solución). Algunos apuntes para ir cerrando estas reflexiones:

  • No basta con incorporar las IA a la enseñanza universitaria de manera crítica, transparente y ética (como estamos haciendo en nuestras clases en la Universitat Pompeu Fabra). La formación básica en IA debería hacerse en la educación secundaria (ESO y Bachillerato). En breve comenzaremos a difundir los primeros resultados de nuestro proyecto LITERAC_ia focalizado en el uso de las IA por parte de adolescentes. Ya hablaremos del tema.
  • Las IA nos obligan no sólo a repensar las formas de evaluación: también se deben redefinir las dichosas competencias y los perfiles profesionales (otra vez salsa boloñesa). La sensación de estar formando profesionales para un mundo cada vez más lejano se acrecienta. A muchos medios tradicionales les está pasando lo mismo: están desconectados de sus públicos. En realidad, la sensación de extrañamiento es general y afecta a todos los sujetos e instituciones. Un mundo cada vez menos reconocible.
  • Esta sensación de asincronía, que era muy evidente hace dos décadas con la difusión de la web, vuelve a repetirse. Si «lo digital» tardó más de quince años en entrar en los planes de estudio, ¿alguien piensa que podemos esperar diez o quince años a incorporar las IA en los planes de estudio de la educación secundaria y universitaria? El sistema educativo podría implosionar antes.
  • Por el lado de los actores empresariales, a menudo se quejan de que los jóvenes candidatos no tienen experiencia, pero al mismo tiempo son renuentes a generar esa experiencia. Como escribe Selingo: «Employers want experience, but no one wants to be the employer to provide that experience». Tanto las prácticas en empresas como sistemas de becas, internships y otras modalidades deberían expandirse (sí, he recaído en las propuestas cargadas de buenas intenciones) para reducir la distancia entre la formación y el mercado de trabajo. La universidad puede ofrecer «simulacros» laborales, pero la experiencia real se construye en el terreno, fuera de las aulas.

El debate sobre los efectos de la difusión masiva y capilar de las IA rebalsa por todos los bordes la clásica relación traumática entre empresas y universidad. El problema ya no será el clásico desfase entre las universidades y el mercado laboral. Si los puestos de trabajo profesionales comienzan a caer en picada, como ya está pasando en el campo de la programación o la traducción, tendremos un problema social de altísima complejidad que no resolveremos con lindas palabras ni propuestas cool.

Bonus tracks

6 Comments

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  1. Avatar de Editorial Chocolate

    Muy buen artículo para reflexionar sobre lo que está pasando en las aulas y las amenazas que vienen.

  2. Avatar de revistapazcana

    Estimado Carlos, más que un análisis, este texto parece el manifiesto de una crisis anunciada. Es una hoja de ruta que anticipa con precisión los desafíos estructurales que marcarán el mercado de trabajo en los próximos diez años.

  3. Avatar de Dulce Alexandra Cepeda Robledo

    Acá en Latinoamérica pasa un poco eso. Imparto cátedra en grado y posgrado. Ya estamos “aceptando” el uso de IA pero pedimos que se indique y que su uso sea ético. Por otro lado, las inasistencias he visto que dependen más de la dinámica del profesor, la asignatura e incluso a veces de los temas que se abordan. Al final todos saben que tienen que tomar y aprobar todas las asignaturas.
    Por otro lado, la brecha entre universidad y el mundo laboral sigue siendo una constante de preocupación. Si ya antes de la IA sabíamos que teníamos un desfase de entre 5 y 8 años, ahora esa diferencia es aún mayor.
    Hay algo que en particular me preocupa y se ha analizado muy poco: los modelos LLM fueron entrenados con textos literarios de todo tipo, en su mayoría los “bien hechos”. Ahora, cuando una persona profesional en su área quiere enviar un texto a publicaciones, es muy factible que sea detectado como generado por IA. Me refiero por ejemplo, a los científicos, pero pasa lo mismo en otras áreas. Es decir, lo bien hecho, se traduce como artificial, y si no se hace bien hecho, entonces se rechaza. Viene la era de la “imperfección” como firma de autenticidad. ¿Eso donde deja el trabajo profesionalizante que intentamos fomentar en las universidades?.

    Bueno, saludos desde México.

  4. Avatar de Patricia Nigro

    Como siempre, tus posteos son verdaderas bibliotecas de sabiduría que se disparan en redes de conceptos que dibujan tu sorprendente inteligencia y la capacidad de transmitirlos. Gracias por estos regalos intelectuales.

  5. Avatar de Arturo Haro

    Otro asunto que me deja reflexionando es el formato o modelo que actualmente utilizan las universidades para «validar» su presencia, su autoridad como institución de educación y su importancia social: las autoevaluaciones y evaluaciones (internas o externas) a los diseños curriculares siguen siendo las mismas, no se actualizan ni se modifican con la misma celeridad tampoco. ¿Entonces? ¿Quién válida o certifica que los contenidos que imparten las universidades sean de actualidad, congruentes, coherentes y pertinentes? ¿Qué credenciales tiene esa comisión u organismo evaluador? ¿Son actuales? ¿Son vigentes?

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